Mi relación con el cavernicolista y legendario Billy Childish no ha pasado nunca la barrera del respeto nominal y de una cierta curiosidad formal. Autor de una discografía literalmente inabarcable, Childish es un inquieto, prolífico y polifacético artista de lo suyo. Y lo suyo, lo pillas o no lo pillas. Es lo que tiene ser de culto, todo el mundo te respeta pero la monumentalidad de tu figura puede echar para atrás a los menos avezados.
Por eso, sólo en dos ocasiones me he decidido a acercarme hasta el umbral del mundo de Billy Childish. La primera fue hace muchísimos años; en un largo viaje en tren, tuve la ocasión de leer el libro de poemas Poems to break the hart of impossible princeses (algunos años después, se lo regalaría Nick Cave a Kylie Minogue para ligársela). La segunda ocasión se presentó la noche pasada; a los pies del escenario de la Sala El Sol, volví a cruzar el espejo y meter la nariz en el amplio, autorreferencial, universo Childish. Eso sí, a la karpoviana manera: sin haber escuchado ni un mal elepé del interfecto.

¡Ay, las lagunitas de Karpov! Toda su vida leyendo sobre Billy Childish (no en vano está en tercer lugar como persona de la que más se ha escrito en la revista Ruta 66) y sin haber tenido ni un rato para sentarse a escuchar un disco. Sin embargo, la diletancia y la curiosidad acaban por salvarme. Éstos son los sentimientos que me hizo acercarme un rato para ver al cenutrio bardo de Chatman. Para una vez que toca (desde el 94 no se le había visto el pelo), no me voy a perder la ocasión de saber qué es lo que se canta el Childish y cómo. Así que, así, con lo puesto, en un gesto muy Madrid, me apresto a meter la nariz en un evento que promete ser de culto total. Que nadie se tome esto como una reseña autorizada, por tanto. Ya digo que no lo es. Sólo como el cuento sin final de una velada de rock de garage.
Porque la velada fue eso. Una velada de rock de garage, sesentero, ruidoso y festivo. Poco más dio de si la cosa. Vestido de guardia real, en un estilo a medio camino entre los Beatles y los Downliners Sect, luciendo un poblado bigote y una sonrisa atractiva y amable, se presentó en formato trío bajo el nombre de Billy Childish & The Musicians of the British Empire. Ya me avisó antes de entrar el amable Joan Vich de que la cosa sería extravagante, inglesa, divertida y original... Y, en cierta medida tenía razón. Sin embargo, quienes pensábamos, erroneamente, que el show de estos Caballeros del Imperio Británico Underground iba a dar mucho más de si nos quedamos con tres palmos de narices. Haciendo gala de una ejecución impecable, revivalista y bastante manierista, el trío no soltó el raca-raca de guitarras aceradas, ni las versiones de rythm&blues, ni el pop animal de los sesenta más abrasivos y todo eso... puro rítmo de garage. Rítmico y salvaje ¡Ye-ye! Mil versiones y mil canciones más que parecían versiones jalonaron la noche para disfrute de una in-crew (parroquia, en este caso) de malasañeros que, puño en alto, se desgañitaban ante el buen hacer de Billy y compañía. El problema es que, esta propuesta divierte durante la primera media hora, pero a medida que avanza el concierto, se desliza hacia el tedio, el guiño fácil, el lugar común, el aullido previsible, el exceso de forma... y uno se plantea si hay algún fondo detrás de tan elaborada escenificación de lo primigenio. El fiel fan, eso sí, lo pasaría pipa con el espectáculo.

Mira, ni siquiera suda... me decía, un amigo al oído cuando el concierto se acercaba a su ecuador y ya se veía que la cosa no daría mucho más de si. Y es cierto, Childish no se inmuta. Él a su bola que para eso es el personaje de culto. Al final, todo el concierto fue una celebración de eso precisamente, de Billy y de su culto en Madrid. Del culto al garage y a los berridos sesenteros, a la psicotronía galopante y castiza a las guitarras y amplis vox, a los perfectos sonidos mono y al proto-punk ese famoso que se remonta hasta el incio de la historia de la música. Rodeado del todo Madrid, claro (hasta dueños de tiendas de discos se dejaron caer por allí, lo nunca visto), Billy se desgañitó con lo suyo un par de horitas. Y lo suyo, ya decía al principio, lo pillas o no lo pillas. Y yo, anoche, no acabé de pillarlo del todo.
Para quien quiera otra versión de los conciertos de Childish en esta gira española, Ivan Polyon lo cuenta tal y cómo lo vió con sus propios ojos.
Como actualización y anexo a este post, no puedo evitar incluir estas notas que me envía amablemente nuestra querida Pía (gracias, como siempre). Resúmen bien esa otra faceta artística de Childish que nos hizo albergar grandes esperanzas sobre su heterodoxia. Incluído el noviazgo con la artista Tracey Emin, a la que este blog reverencia por múltiples, variopintas, artísticas y supra-artísticas razones.

http://en.wikipedia.org/wiki/Stuckism
http://en.wikipedia.org/wiki/The_Upper_Room_%28paintings%29
http://www.stuckism.com/emin.html
http://www.stuckism.com/childish/ChildishOnStrangeland.html
Emin's relationship with the artist and musician Billy Childish led to the name of the Stuckism movement in 1999. Childish, who had mocked Emin's new affiliation to conceptualism in the early 90's, was told by Emin, "Your paintings are stuck, you are stuck! – Stuck! Stuck! Stuck!" (that is, stuck in the past for not accepting the Young British Artists approach to art). He recorded the incident in the poem, "Poem for a Pissed Off Wife" published in "Big Hart and Balls" Hangman Books 1994, from which Charles Thomson, who knew them both, later coined the term Stuckism.
Emin and Childish had remained on friendly terms up until 1999, but the activities of the Stuckist group offended her and caused a lasting rift with Childish.
Billy Childish & The Musicians of the British Empire tocaron la noche del 8 de marzo en la sala El Sol de Madrid.