30 junio 2006

El tránsito terrestre y sus circunstancias


Recibidos por un calor de infarto, Essex Green han pasado por Madrid antes de inciar una minigira que les tendrá tocando en estos días a o largo de nuestra geografía presentando su album Cannibal Sea (Marge, 2006). Con una propuesta virada hacia una mayor aspereza de la que nos tenías acostumbrados, cubriendo sus melodías celestiales con guitarras mayestáticas y nervio, los de Brooklyn han desgranado su repertorio con desiguales resultados. Pero, al final, con tesón y prestancia han conseguido sobreponerse a una sala que era un auténtico horno, a un sonido infernal y a una inicial descoordinación, para cerrar con garra un concierto que, en algunos momentos, parecía más un ensayo general, un entenamiento pensado para cumplir holgadamente con los compromisos del fín de semana.



Pero Sasha Bell y compañía son unos excelentes músicos que saben subir y bajar el tono cuando las circunstancias no acompañan. Así que, sin que apenas nos diésemos cuenta han ajustado progresivamente el nefasto sonido ambiente para lograr dar golpes de efecto maestros que han terminado por volver el marcador a su favor. Acudíamos nerviosos y con ganas a la cita con Essex Green (el señor botibol con un corte en la barbilla, fruto de un precipitado afeitado). Dos años antes (aproximadamante, hablo de memoria) lograron, en el mismo escenario, dejar constancia de su maravilosa pulsión melódica cuando presentaron su LP The long goodbye en un concierto encantador y prácticamente secreto (no más de cincuenta personas). Por eso, tenía todas las esperanzas puestas en que las ráfagas de pop instantáneo que dan forma a su último disco multiplicasen su efecto sobre el escenario. Vientos racheados y rayos de sol, en forma de canciones directas, concisas, sólidas. Perfecto para refrescarse en mitad de este clima tremendo.


Sin embargo, los incios han sido relativamente inciertos. La rotundas pildoras pop no han cobrado forma. La propuesta de maximun r'n'r con que venían dispuestos a romper los cronómetros sentimentales no ha funcionado. Por falta de espacio, sobre todo. Las guitarras, los giros eléctricos no han tenido aire en el que expandirse. Así This isn't farmlife se ha quedado en una salida falsa; los mismo ha sucedido con las excelentes y rotundas Penny & Jack o I don't know why (you stay). Por separado, se apreciaba la maestría de cada uno de los músicos; el conjunto no tenía sentido alguno. Problemas de cohesión interna. Lo mismo ha sucedido con los épicos finales con guitarrazos y precipitaciones de tambores (se ve que Los Who vuelven a ser un referente legítimo e ineludible). Las canciones de The Long Goodbye sonaban incluso más dispersas. Sólo ha sido a partir de una impresionante y apocalípticamente brillante Primrose cuando todo ha cobrado verdadera vida.



Y entonces, a partir de ése momento, las cosas han cambiado. Nos hemos encontrado con unos Essex Green incendiarios, que han sabido equilibrar el repertorio nuevo con canciones de sus dos discos anteriores. Haciendo gala de esa enorme virtud de los músicos americanos que es la capacidad de resistencia sobre las tablas Bell, Baron, Ziter y compañía han ido precipitándose hacia un sonido luminoso y ruidoso, rítmico, fluído y enérgico (algunos lo querrán llamar power-pop sin razón). Nos ha dejado asombrados en momentos estelares, como la interpretación de Tinker (She heard the news) o Rue de Lys, para cerrar con una pasmosa liberación de energía cósmica que se intuía latente y que sólo muy al final se ha manifestado en toda su magnitud.



Demostración de tronío de una banda que no se ha arrugado ante un sonido nefasto y una cierta falta de calentamiento. Finalmente, Essex Green han hecho un concierto que, pese a que no será recordado con el cariño del de hace unos años, si queda como una prueba de pundonor musical. Pero... habrá que esperar a la próxima. Me temo que más suerte van a tener aquellos que les vean estos días, ya que es posible que se encuentren con una especie de exhuberante vergel sónico donde la filigrana y la explosión se complemetan en canciones hermosísimas. Ésto, los que hemos estado esta noche en el Nasti sólo podemos intuirlo. Y es una pena porque hubiésemos sido tan felices sólo con un poco más.


Essex Green tocaron la noche del 29 de junio en la sala Nasti (c/ San Vicente Ferrer, 33. Madrid)






29 junio 2006

Transcribiendo el sonido de la ciudad muerta

En estos tiempos de edición instantánea y contenidos generados por legiones de usuarios para ser deglutidos de inmediato, resulta asombroso que todavía haya gente que dedique energías a la heróica y hermosa tarea de la fanedición en papel. El primor, cuidado y amor exigido por un fanzine real no tiene ni punto de comparación con la tarea de los que nos agazapamos en estas fronteras electrónicas amparados por al incorporeidad y obsolescencia del hipertexto. Por ello, mientras paso las páginas del nuevo número del madrileño fanzine Dead City Radio no puedo más que sentirme un poco avergonzado de mi condición de bloguista y agradecer que haya gente que todavía sienta la necesidad de envolver sus palabras en el amoroso y pasional abrazo del papel impreso.

Porque quien haya hecho fanzines alguna vez en su vida sabe que los azares que se tienen que afrontar (quitando tiempo al estudio, al trabajo y al sueño) ofrecen una especial gratificación que nunca podrán imitar los formatos digitales. Ése momento mágico en el que el señor de la reprografía te da tu cajita con cien o doscientos ejemplares es absolutamente puro; y qué decir de esa distribución de tienda en tienda, de esos pedidos que atiendes por correo y esas cartas que (nada que ver con comentarios o e-mails) forman un universo de complicidad, amor y entrega que, viendolo ahora con una cierta distancia, tanta dignidad otorga al fanzine como perfecta publicación juvenil. Me gusta comprar y ojear fanzines. Siempre sabes que, te guste más o menos, lo odies o lo adores, estén escritos con mayor o menor acierto, detrás de ellos siempre hay tiempo, compromiso, mucha ilusión y una mágica inocencia que otros medios no tendrán nunca, por muy participativos que sean.



Por eso, me ha gustado esta nueva entrega del Dead City Radio. Como las anteriores entregas, este número es muy instructivo, está cuidado con detalle y concebido y realizado con verdadero primor. Tiene una portada troquelada, un lomito y una encuadernacón artesanal; algo que a los que hemos hecho fanzines nos impresiona y nos atrae siempre. El diseño está bien (aunque con dejes un poco demasiado a lo Vaughn Olivier para mi gusto) y los artículos están correctamente escritos. Aunque el contenido tiene un deje pedantón y artie, no se puede negar que uno se deja llevar y lee con gusto la mayor parte de su contenido. Muchas veces la curiosidad te arrastra, otras no tanto... pero eso tampoco es necesariamente malo. Es interesante y emotivo el artículo sobre las cintas de varios grabadas en K7, aunque me pregunto ¿por qué esta tonta y repentina manía de llamarlas mixtapes?; curioso el artículo con reseñitas de películas raras de la Nouvelle vague, aunque se eche en falta un poco más de guasa al hablar del tema a estas alturas. Simpático, didáctico y entrañable el artículo sobre la ciudad de Olympia, aunque hubiese estado mejor con una prosa más incendiaria (qué se le va a hacer, a algunos todavía nos gusta el fanzine-soflama)... Interesante el artículo sobre la figura de culto subterránea, Jandek. Para estas cosas sirven los fanzines, para saltar de un tema a otro y oir campanas aquí y allá.





Lo que es una pena es una cierta tendencia a caer en registros demasiado serios (¿les suena el término pro-zine?), una molesta pretensión cultural como de socialistas fabianos(ya se que no soy el más indicado para decir esto, ya lo se), y una aproximación demasiado alambicada a los temas tratados(tampoco puedo hablar muy fuerte en esto, también lo se). Además resulta reiterativo volver otra vez a historias sobre las que se puede acudir a información ya disponible (por favor, otro dossier sobre el free jazz y Sun Ra, simplemente, no). Y, sin embargo, es imperdonable entrevistar a un personaje de la talla, entidad y carácter de un David Sylvain y perderse en elevadas reflexiones sobre el budismo, Dios y Beuys, cuando tanto y tanto se podría decir las múltiples etapas de su existencia. Aunque, eso sí, nos ha permitido saber que el artífice de aquello tan curioso que fue Japan, a día de hoy, piensa como El Zurdo, Sánchez Dragó y Dildo de Congost, que nos encontramos en pleno Kali Yuga Total. Lo cual está muy bien y da mucha risa.


Pero bueno, son pegas que a los lectores habituales del DCR ni les surgirán. A mi me gustaría un poco más de irreverencia; tampoco entiendo que no se proteste por nada ni siquiera en una línea (salvo vagas consideraciones socio-existenciles en un artículo sobre “la LSD”), por aquello de que un fanzine ha de tener su dosis de vitriolo. Pero prefiero quedarme con que es un fanzine bonito, interesante, totalmente analógico... hecho con cariño y, desde luego, de obligada adquisición para el flaneur underground que quiera conocer de primera mano una de las referencias clave del Madrid subterráneo de ahora mismo. Si para el próximo número suben las manecillas de la ética punk y bajan las de la estética art-rock les auguro larga y exitosa existencia. Mientras tanto a leerse este número. Que tiene bastante letra, además.


Pídelo en el e-mail deadcitymail@gmail.com



27 junio 2006

Mensajes en una botella

El dédalo sorprendente que es Internet hace que uno se encuentre en nóminas extrañas. Por ello, me llama la atención recibir un e-mail informándome de un nuevo grupo sueco de nombre de resonancias pseudo-hippies y mucho más compartir lista de distribución (reducida a unas cinco o seis personas, atención que se agradece) con el responsible de la madrileña tienda Bang! y de alguno de los redactores del blog-zine Mira el Péndulo. Este nuevo Internet Social es lo que tiene, una notable imprevisibilidad. Imprevisibilidad que, a pesar de todo, es bastante banal en sus resultados.


Al parecer, Ohm son un trío natural de Estocolmo que, pese a que llevan tocando juntos durante 10 años se han mantenido voluntariamente en el anonimato rehuyendo la luz pública (eso es al menos lo que dice la escueta biografía que envían; no muy fiable, que lo sepan). Leo este e-mail recién aterrizado de París, tras haber sido bombardeado por unas sesiones sobre eso que se llama Web 2.0. Lo que son las cosas estas del social networking. En cualquier caso, la historia del remoto grupo sueco que, tocando, tocando, se convierte en uno de los secretos mejor custodiados de la tundra ya inspira desconfianza de saque.


No estoy yo demasiado a favor de la hiperinflación musical auspicidada por las nuevas redes relacionales. Si pruebo a ejecutar en audio streaming su single virtual, Spoon Me es sobre todo por saber qué concepto existe de Karpov! allá fuera, que por otra cosa; qué música piensan que me puede interesar, quién puede querer que conozca sus canciones ¿qué imagen de mí mismo estoy enviando a través de mi extended social network?... Al final uno interactúa con su propia ficción, por mucho que lo esconda detrás de canciones y discos.



En cualquier caso, estas cosas de las maquetas virtuales, tan bien hechas, tan cuidadosamente grabadas y tan perfectamente distribuídas por Internet dejan una impresión ambivalente. Así que, para que todos se hagan una idea real del tema dejo una doble opinión.


Opinión Uno sobre Ohm: No están mal. Spoon Me es una canción de electro-indie bastante curiosa, que recuerda a The Concretes. Una voz femenina pizpireta salta sobre chiribitas sonoras y guitarras robustas. Todo tiene un acento amodernado de lo más agradable. Tal vez le falte un poco de pegada; tal vez ya hemos escuchado está canción mil veces. Me gusta más la cara B (si es que existen las caras A y B en los formatos vituales), una melancólica Follow my fate, más recogida, acustica y de una discreción más agradable. Ese rollo triste que siempre funciona...

Opinión Dos sobre Ohm: Tampoco están tan bien. La perfecta ejecución y una grabación ejemplar me reafirma en algo de lo que me está convenciendo cada día más la proliferación de MySpace bands: hay un nivel de calidad compositiva e interpretativa que, con la democratización de los medios tecnológicos de edición musical y con la ingente disponibilidad de información en red es fácilmente alcanzable. Basta aplicarse un poco y contar con una cierta pericia.


Ohm tienen pericia y se aplican, así que las dos canciones son bonitas y su escucha resulta agradable. Pero la pericia y la mecánica popular no dan la felicidad. Y la felicidad en el mundo pop se manifiesta en forma de resbaladizo e inaprehensible encanto que es lo que ilumina las canciones. Un “no se sabe qué” que convierte el plomo en oro. Curiosamente, esta cualidad no tiene tanta relación con la forma como con el fondo. Sólo Follow my fate se acerca muy ligeramente a despertar un recuerdo aproximado de esto.


Por eso, muchas de las cosas que ejecutamos ultimamente en nustros discos duros nos dejan igual que estábamos. Manierismos perfectos que se suceden a lo largo de la geografía inabarcable que es MySpace,poniendo a nuestra disposición una cantidad de material psíquico, emocional y musical inconcebible hace apenas unos años y, a pesar de todo, muy poco estimulante. Un nirvana musicado donde una miriada de emociones pálidas se nos ofrecen de manera gratuíta sin inspirarnos ni vértigo, ni furia ni mucho menos pasión.




Es decir, tantas sorpresas no nos da la Red de Redes. Conectividad banal que deja que caigan del cielo maquetas de perfecto sonido pero poca substancia real. Algo que nos debería hacer pensar si, ahora que ya no somos ni siquiera público sino parte de fragmentarias micro-audiencias, no se estarán desmaterializando nuestras opciones culturales, dejándonos absortos en un juego de espejos en el que al final solo nos queda la opción de ver pasar infinitas siluetas mientras nos sumimos en una intrascendente ataraxia pop.





PS. Por cierto, ¿tendremos en breve MySpace de J.M. Aznar, ahora que su vinculación con la Organización Propietaria de MySpace es un hecho? ¿Algún día leeremos en nuestros tablones de mensajes un contundente Gracias por el add enviado desde su espacio cuando le agreguemos?

24 junio 2006

No hay diversión sin presión

Procuro hablar mucho de Hello Cuca. Siempre que puedo me gusta recordar con los amigos que son el mejor grupo que hay en la actualidad. Que se trata de un trío mágico, pleno de ideas y sonidos, cargado de razones y buenas maneras roqueras. Siempre que puedo me repito para mi adentros que se trata del único grupo que trabaja con materias esenciales; el único que colma los anhelos más primigenios y verdaderos siempre que aparecen sobre un escenario o detrás de un microsurco. Recuerdo también, siempre que es posible, que en este país hubo un grupo tocado por la gracia, por la razón y por la ira. Me gusta repetirme para mis adentros que TCR existieron. A lo largo de estos años, he soñado que volverían. Y lo he hablado con mis amigos mucho. En los últimos meses, buscaba noticias de Los Látigos o Los Incrucificables, y me decía que algún día, la razón, el amor y la ira volverían a campar a sus anchas desgranando pop trepidante y agridulce.


Por fín podemos difrutar el disco compartido de Hello Cuca e Incrucificables. Hello Cuca sigue así su senda hacia la leyenda, ofreciendo siempre un poco más de calidad musical, discos especialísimos no sólo en cuanto a sonido sino en su diseño, concepción y acentuadísima estética (magnífico artwork de Susana y Mario Feal, por cierto); cosas todas ellas que convierten al trío en mucho más que un grupo de culto. Tras su CD, Gran Sur (Rompepistas, 2005) en el que experimentaban con sonidos más depurados, llegan de nuevo a una nueva medida de la perfección. Y cuando digo perfección lo que quiero decir es PERFECCIÓN. En primer lugar llaman la atención unas letras, maravillosas, orgánicas, intuitivas, rítmicas y onomatopéyicas como siempre pero cad vez más cargadas de un lirismo único. A Lidia se la escucha, dejándose el alma, cantando verdades absolutas... mientras la tremenda pulsión rítimica favorecida por Mabel y Alfonso arma un conjunto sonoro cada vez un poco más preciso. Exacto y a la vez más imprevisible, insólito y vivo. Canciones de poética primigenia y espontánea como El gato en el árbol, acompañadas de declaraciones artísticas como Mala caligrafía. Sutilezas asombrosas junto a canciones que algún día serán clásicas como Ayudame a bailar (dentro de este lío) o Ponte en la pista. Cada vez que nos encontramos con Hello Cuca decimos lo mismo, que son increíbles, que han tocado el cielo del ROCK, bla, bla... Y cada vez, cada una de las veces que nos encontramos con ellos, soprenden mucho más. Algo insólito y mágico. Por eso no podemos dejar de contarlo por las calles cada vez un poco más.



La historia de Icrucificables empieza cuando Jesús Miguel Tremolino nos informa de que la hermosa epopeya de TCR (culminada en unas canciones perfectas editadas en el legendario split-single a cuatro bandas, Hello Cuca, Muebles, Bananas y TCR, Girando a 33 vueltas por minuto) podía tener continuación. En Madrid habíamos oído campanas que vaticinaban que Jose y Susana habían dado por imposible hacer música buena en un entorno tan hostil y mezquino como el nuestro. Sin embrago, Mr.T. Apareció un buen día por esta ciudad-infierno con un CD lleno de canciones de Látigos e Incrucificables, nos pidió discreción extrema y nos colmó de ánimo. La verdad es que aquellas maquetas no pasaban de ser un documento esperanzador pero poco elaborado. Fuímos discretos y estuvimos desde entonces ojo avizor, y nos repetíamos para nuestros adentros que algún día Jose, Susana, Junior volverían contra todo pronóstico. Hasta que ambos grupos aparecieron en el CD recopilatorio La Colazione, donde se repasaba la escena barcelonesa última (en respuesta, en cierta medida, a nuestros madriles terminales). TCR fue, sin duda, un ultimo reflejo de ética y épica absolutas en nuestro panorama. A los únicos a los que hemos visto girando enfrentados a su público de verdad; hubo un año en el que ver los conciertos de TCR era como aquello de ver a Dylan de pelotera permanente con sus acólitos. Pero visto en vez en el Fillmore en clubes y salas pequeñas y llenas de humo, con el mal rollo bien cerca, con todo dicho en nuestro idioma, con nuestras palabras. El año en que todo dejó de ser pop, en concreto.



Pues bien Incrucificables recuperan esa historia en el punto en que se quedó. Pop abrasivo y dulce, espíritu indie-pop furioso. Desmarcados, soberbios, negándose a vender su alma... lo que en boca del pazguato de Feck nos suena a sentido figurado, aquí suena puro y verdadero. Será la cercanía. Incrucificables retoman la historia con la incorporación de esa titánica persona que es Miguel (de Bananas), con la colaboración de un iluminado y beatífico Germán (también de Bananas, que se aparece en esa asombrosa intro que es Alegre la mañana). Canciones inmensas, en las que se desmarcan de verdad. Esto no es ése pop político, que hacen algunos, esto es un retrato certero de la vida cotidiana con sus seguidismos, sus pequeñeces... la vida diaria cuando se mira desde la posición del que se ha desmarcado de la escena de las palmadas en la espalda. Escuchen Los abajo firmantes, ese retrato implacable, certero y sentido de aquellos que están siempre adheridos a causas ilusionantes. Escuchen (Yo quiero ser amigo de mi) Antiguo rival y no me digan que no les recuerda no ya a alguién de nuestra escena pop sino a la escena entera. Y, sí, todavía merece la pena pegar un palo a una prensa musical servil, amiguista y mísera como la nuestra. Aunque sea al final de la cara B. Además cantan cosas insólitas como Noche larga en la U.C.I. escuchando a los Stooges, ¿qué más queremos? Incrucificables en estado de gracia. Guitarras de nuevo aceradas, palabras profundamente acertadas. Si, todavía hay lugar para el idealismo. Y otra vez habrá ninguneo y caras largas por parte de unos y otros, si me permiten que intuya por anticipado. Porque un grupo con alma, nervio, ira y melodía ya no es fácil de soportar en estos pagos. Se tomará como una provocación. Pero el caso es que por una temporada no hará falta que hablemos de esos chiquitos con guitarras, de la Inglaterra de Thatcher, de los Comet Gain, o del punk. Ahora solo hay que seguir hablando de las Hello Cuca. Mucho. Y de los Incrucificables, todavía más, si cabe.


No hay diversión sin presión. Es verdad. La presión que sube y baja cuando se escuchen artefactos tan imaginativos, insólitos, decisivos como este split-LP. La presión de tener que contar todo el rato que, tal vez, no hará falta que nadie abandone su absurda y tonta actitud. Al contratrio, tal vez haya que seguir desmarcados, atrincherados, descolocados... que es como mejor nos luce el pelo a algunos.




23 junio 2006

SPLIT YA!


Hello Cuca & Incrucificables. Split-LP .Letras insólitas, sonido perfecto; grupos elegantes, estilosos, eternamente desmarcados de lo mediocre. Estados carenciales, estados de gracia. La caridad, el amor profundo es lo que hace girar mi mundo. Una maravilla, una anomalía. Lo escucharemos meses, meses, meses... Aquí está.




Éste es el disco que hemos esperado tanto y ya está aquí, girando, sonando... sonidos perfectos, odas mágicas, irredentas soflamas. Lo mejor que puede estar sonando en cualquier tocadiscos del planeta Tierra. Tal vez no hace falta más que decir que el disco está ahí fuera, al alcance de todo el que quiera salir a por él. Próximamente habrá un post innecesario. Lo que sí es NECESARIO es pedirlo al sello Rompepistas y, si están en Madrid, comprarlo en la tienda Bang!.





22 junio 2006

Moriremos en los rápidos


Vamos a empezar haciendo una confesión poco cool: llevo desconectado del universo Tarántula desde sus inicios. Me perdí su concierto en Madrid, no sigo sus páginas web y no me descargo canciones de sus espacios virtuales. Extrañamente este desencuentro no surge de la habitual desconfianza u aversión por neo-escenas que caracteriza la prosa apocalíptica de este boletín. La mezcla de casualidad, desatino y pereza... no obvien eso. En torno a Tarántula y su sello Producciones Doradas, un universo autónomo ha surgido con grupos, bandas, mensajes, imágenes... Un paisaje cultural omnicomprensivo en su tarantulismo; un no-mundo peculiar e idiosincrásico en el que no me he adentrado. Poco, muy poco, enterado el bloguista descolocado. Por eso, por sentimiento de culpa, me he comprado esta maqueta de Silvia Coral y los Arrecifes, una producción dorada asombrosa en su artificio que nos retrotrae a esos amaneceres austrohúngaros. Pero esta vez todo es como más raro ¿no?. Ya digo, confesiones poco cool.

Extraño pop melódico, enrarecido y muy resabiado. Silvia Coral y Los Arrecifes... una cosa chunga y rara en nuestro panorama (menudo panorama), que se deshace en palabras descabaladas cantadas con una voz alterada; como si quien canta empezara a estar un poco de los nervios y se echase a la canción melódica (¿su mal espanta?). Unas letras que se desgranan a medio camino entre un realismo autista y cruel y un iluminado sentido de la irrealidad. Canción melódica y solipsista; en concreto, cuatro canciones. Un EP de cuidado. De cuidado diseño al fín y al cabo(mini-CD, carpeta desplegable, moderno y conceptual arte final)... qué raro se está volviendo todo en este país. Hasta todas las novedades. No sé, pero canciones como La caza me recuerda a los zulos llenos de fajos de billetes de 500 euros. A un pais lleno de millonarios y partidas de caza que baten las mesetas mientras el resto cerramos los ojos. Me ha gustado mucho Soy borderline. Todo tiene un molesto resabio esteticista. Qué bonito, qué horroroso y qué artificial.



Este EP, hay que decirlo, que luego las cosas no quedan claras, es perfecto. Insólito, sórdido y complaciente. Es un juego malabar entre una chunguez tan calculada que da miedo pensar que a lo mejor es sólo la broma de unos modernos. Qué broma. De caza es un relato-retrato sobrecogedor sobre la intrahistoria interestatal (Te esperaré en el asiento de atrás a que temines de cazar). Como si no fuese con ellos. Una canción excelente. Y ¿Por qué continúa la secuencia musical una cosa de raro aire pretendidamente poético como es la Hija del Filibustero? Intento sacar conclusiones y pensar pero, por alguna razón, no pienso nada. Canción melódica, el gusto por la rareza. Lirismo, si cabe la palabra. Artificial, pensado, perfecto. Nana, un horroroso relato costumbrista y minimal sobre la nada amatoria de cada viernes... onda sinsiestra, onda helada, onda oscura. ¿Otro pedazo de onda? No habrá que pensarlo mucho pero... ¿está basado en hechos reales?


En resumen, tecno-pop, psico-folk, anti-pop... rollo chungo y mal rollo. Que no son lo mismo; sin acritud ¿sin cabreos? Excepcional, Silvia Coral. Sin duda, una sensación ¿pop? Que habrá hecho vibrar de envidia sana a muchos autrohúngaros con su kitsch gélido, su taxidermia socio-sentimental, su contenido y elegante sentido del vacío. Asombroso e interesante retrato de esa otra iberia sumergida. Se abre un mundo enrarecido, paradójico, ante nuestros oídos. Ya no sé qué más opinar ¿hace falta más crítica para que quede todo claro? Silvia Coral y sus Arrecifes... qué cosas más raras pasan en este país.



A pesar de todo, insisto, pasen por aquí (si quieren descargarse tres cuartas partes del EP desde MySpace)
y por acá (si tienen una curiosidad no satisfecha por lo dicho en este post). Ya si tienen muchas ganas visiten esto y aquello






21 junio 2006

Y ni siquiera así lo entendemos del todo

No podemos pedir a nadie que cumpla nuestras expectativas de manera permanente. Tal vez ni siquiera se deba reclamar con tanta insistencia como lo hacemos a menudo una sinceridad artística y vital plena. Muchas veces nos comportamos como despóticos caníbales-gourmets, exigiendo a nuestras estrellas pop que se ofrezcan a modo de festín sustancioso y que al tiempo cumplan las exigencias culinarias consideradas de buen tono. Por eso hemos tardado tanto en tragar el último disco de los TV Personalities. No es un plato de gusto; no está bien cocinado. Aunque tiene sabores especiales y condimentos inigualables, el cuerpo sacrificial se niega a condimentarse al gusto de los comensales. En cualquier caso, nadie puede exigir tantas expicaciones, mucho menos cuando se sienta cómodamente a devorar a un interlocutor que no ha pedido ser plato principal de nada.


No se si las excelentes críticas que ha recibido My dark places (Domino, 2006), esperado retorno de Dan Treacy tras su estancia en una prisión flotante, son realmente sinceras. Sospecho tanto de esas almas cándidas que siguen a Treacy desde la comodidad de su hogar y que han decidido convertir al pobre Dan en víctima que redima su pequeño y sencillo mundo pop... Hablan del disco con la boca pequeña, da la sensación de que les parece un LP embarazoso. Esperaban un disco doloroso, lírico, tan sublime como el doliente destino del bardo psicodélico y resulta que, mira tú por dónde, se han ido a encontrar algo muy distinto. Porque parece que el último responsable del constructo artístico conocido como TVPs se niega a guardar las formas y todavía hace gestos de mal tono que afean tanto lirismo y tanta tontería a las legiones de plañideras electrónicas que siguen sus desventuras con morbosa fidelidad.



El bueno de Dan, al salir del penal, ha firmado un disco que habla a trancas y barrancas. Un disco en el que nos cuenta cómo se pueden albergar expectativas incluso en el infierno. Y que éstas no por inconexas son menos legítimas. Aquí no hay rastro de esa mística resignación cristiana que le piden sus seguidores sino frustación, ira, bilis... A la crítica le ha descolocado que se intercalen bromas chuscas, comentarios intrascendentes con momentos de honda desesperación o hermosísimas baladas... Los lugares oscuros son a veces así, intermitentes, banales, dolorosos y domésticos. Ridículos, poco heróicos, de vergüenza ajena, en suma.



Obsesiones culturales (Velvet Underground), dulcísimas odas sin esperanza (Dream the sweeetest dreams), ampliaciones relativas del campo de batalla (My dark places), bromas drogotas feas y de mal gusto (All the young children on crack), canciones de amor y admiración que parecen llegar muy tarde (She can stop traffic)o, sencillamente, súplicas nostálgicas de una vida feliz (Tell me about your day)... conforman una pesadilla autocomplaciente cargada de tanta inmadurez como desesperanza (Ex-girlfriend club). Un viaje al horror que culmina en un crescendo que se puede contar entre lo más crudo que ha escrito Treacy desde I was a mod before you were a mod (Overground, 1994). Una pesadilla en la que apenas aciertas a decir que sólo quieres creer en el amor y en la bondad, que es lo que dice el bueno de Dan a muy duras penas, a veces soltando algún espumarajo por la boca. Y en su derecho está, ¿acaso no ha ilustrado nuestras bondades y nuestros amores poniendo como prenda su cordura? ¿Quiénes somos para venir ahora a enmendarle la plana?



Ahora empiezo a entender el último disco de los TVP, después de tenerlo en el montón de los discos nuevos durante seis meses y escucharlo a ratos dispersos sin saber qué pensar de él. Un disco que no se ha hecho para complacer o ilustrar los raptos líricos de los fans. Un disco en el que Treacy nos viene a decir que la desesperación es un sentimiento cotidiano que, a medida que pasa el tiempo, se despoja de cualquier acento épico o estético. No habrá más “te odio” ni más “te quiero”, como tampoco hay una forma bonita de decir adiós.



Ahora empiezo a ver que esos lugares oscuros de los que nos hablan estos TVP terminales no están delimitados por la pena o la melancolía... son lugares fronterizos con el vacío y la necedad. Algo que siempre queda feo poner en disco. Porque no entendemos la necesidad que hay de dejar grabadas esas verguenzas emocionales que se intentan esconder por todos los medios. Por eso no entendemos a Dan Treacy; porque él piensa que todavía importa contarlo todo. Y precisamente esa convicción, y sólo esa convición, le sigue haciendo excepcional, más allá de lo vergonzante que pueda resultar un disco que se suponía un regreso triunfal y que nos deja, a todos los que nos hemos llenado la boca con su nombre años y años, con un regusto agridulce.


18 junio 2006

¿Dónde quedó lo más bonito?

La fiesta Limbo Starr en la sala Siroco es la excusa perfecta para ver a Jonston de nuevo. La última vez que pudimos encontrarnos con nuestro particular chanssonier madrileño fue hace dos eternidades en el micro indie-bar Silja o una eternidad en el Ladyfest Benefit de La Dinamo. Por aquel entonces, Jonston era un simpático y espontáneo bardo cargado de canciones peculiares, con un elegante sentido del desaliño, dotado de un agradable toque de surrealismo romántico, distraído e insólito. Movido por la curiosidad de ver las mutaciones de su propuesta, en concreto su traslación al formato roquero, y con la esperanza sincera de disfrutar mucho con lo que recordaba como un lirismo amable y desenfadado, bajo al Siroco para encontrarme con que el joven bardo se ha transformado en todo un roquero madrileño entregado a la musculación sonora. A veces el tiempo pasa demasiado rápido.


De repente despierto de ese ensueño en el que Jonston se convertía en una espontánea versión local de Martin Stephenson (sonando ahora, precisamente),folk simpático y fácil para principiantes, letras amables y melodías dulces y un poco melosas capces de encandilar a todos los chicos y las chicas. Ya le veía yo hecho un Adam Green o un Bart Davenport (antes del Maroon Cocoon, eso sí) local, capaz de facturar canciones de costumbrismo y amor, ofrecer una cara bonita y despistada y distribuir gemas (Telefonoh o 100 latidos por segundo, disponibles aquí) pop en un repertorio encantador por lo desigual. Pero vayamos por partes...



Abre la noche Remate con un concierto de neo-folk bien tocado, bien cantado, con canciones que te podrán sonar de haberlas escuchado una y mil veces al acostarte tarareadas por el subcosnciente colectivo, pero customizadas y adaptadas con gusto y acierto... Una correctísima recreación musicada, un ejercicio de estilo, cuidado y bonito al que sólo se le podría pedir un poco más de cercanía. Al final uno se queda un poco frío, no hay nada especial en tanta corrección estética; no hay un momento vibrante, se guardan demasiado las formas. Muy bien guardadas eso sí.



El formato escogido por Jonston para dar el salto al rock ha sido el power-trio. Bajista, batería y guitarra; todo eléctrico, todo con una ejecución que, en los primeros compases parece más que notable. Sin embargo, mientras se suceden las canciones, la mezcla se va deslizando primero hacia el power-pop más robusto y facilón para, más tarde con los ánimos ya calientes, precipitarse en un pop-rock madrileño totalmente vulgar. Canciones afeadas (Telefonoh, mi favorita, no se merecía eso, de verdad) de manera lamentable por unas guitarras musculadas no tan cerca de Big Star como de los últimos La Granja; un sonido que sobrepasa la nueva ola madrileña y se acerca demasiado a esos grupos de la post-movida de infausto recuerdo. Finales de los ochenta revisitados, excusas nuevaoleras. ¿Por qué de repente hay grupos underground que se parecen tanto a Los Piratas? El señor de Escridiscos entre el público... ¡Dios mio! Esto sí que es Madrid Terminal, total. ¡Venga esas palmas!.



No acierto a entender motivos ni finalidad en esta traducción a directo de la propuesta de Jonston. Tanta energía y tan mal enfocada... Lo siento, de verdad, por unas canciones que no se merecen un tratamiento tan ramplón (quien quiera que escuche las versiones maqueteras y bonitas aquí). Es cierto que, en algunas canciones como El controlador de la hora ya se apuntaban maneras un tanto peligrosas (esas subiditas, esas guitarritas...) pero sobre las tablas, esas maneras se convierten directamente en un delirio pop-rock tan, tan cerca del Canto de Loco que no se puede más que huir aterrorizado. Al subir las escaleras del Siroco alcanzo a escuchar una intro instrumental que parece sacada del Baba O'Riley de Los Who en sus directos de los 80. Incrédulo, no puedo más que girarme, y casi convertirme en estatua de sal, para comprobar que tan dinosaúrico sonido corresponde a una interpretación de la otrora deliciosa Lo más bonito; aquella joya que servía de cierre a los maravillosos conciertos de Detergente, y que en la propia interpretación acústica y candorosa de Jonston producía una inimitable punzada de simpatía y buen humor cósmico.



Espero, no obstante, que sea solo la impresión de una engañosa noche de viernes. O un tránsito pasajero por un desierto power-pop, del que nuestro amigo saldrá reforzado... Habrá que esperar a contar con una muestra fonográfica definitiva (ése single o ése disco o una maqueta nueva), porque, a estas alturas, uno no se resigna tan facilmente a la desilusión y está dispuesto a dar segundas y terceras oportunidades a quien sea mientras sea bueno y sincero. Y es que, en el fondo, la mirada perdida y el pelo despeinado de Jonston acaban por ganarle a uno, que no se resigna a perder tan fácilmente a esos cantantes distraídos, simpáticos y un poco bobos pero capaces de hacer canciones bonitas, cercanas y encantadoras que tanto relumbrón y encanto dan a una escena local. Justo lo que ha sido hasta ahora Jonston y que no debería dejar de ser nunca.


Remate y Jonston tocaron en la Fiesta Limbo Starr el viernes 16 de junio en la sala Siroco (c/ San Dimas,3)

15 junio 2006

Un momento retro

Discos emblemáticos y mañanas de tormentas tropicales. A veces uno se pregunta que hubisese sido de nosotos si no hubiese existido este placebo artificial que es la música pop. Precisamente Saint Etienne, asumiendo el artificio como propuesta de salida, supo perfilar la desesperanzada necesidad de huída hacia la nada. Disolución en parajes soleados y en una frivolidad cargada de existencialismo pop reunidas en unas canciones que sirvieron para recomponer durante un instante el puzzle de unos sueños perpetuamente rotos.


Hay días de horror en los que sólo se puede escuchar el Tiger Bay (Heavenly, 1994) de Saint Etienne. El disco supone una escapada panorámica hacia un territorio perpetua y radicalmente soleado hasta la desesperación. Incluso en sus pasajes más melancólicos, este disco ofrece un poso de esperanza y la apuesta por una inteligencia curiosa y juguetona. Ahora suena Former lover y luego lo hará I buy American records. Cantos a una nada vacacional, huídas hacia adelante, electrónica de consumo con fluídos vitales incorporados. Antes de que todo dejase de formar secuencias ordenadas, Saint Etienne ofrecían un crisol de facilidad estética; una nueva quadrophenia euro-pop para club-kids escépticos y sabihondos. Kevin Pierce habló de que sólo Saint Etienne podían ser cualquier cosa que quisieses y llevarte a cualquier lugar donde quisieses estar. Éste es el disco en el que ese desplazamiento mental aparece más claro. Este es un viaje amable hacia la nada y el todo.



Un viaje perpetuo hacia tierras amigables en las que se cuenta con tiempo suficiente para el amor y la desdicha. Canciones correspondientes, Hug my soul girando como una promesa que no se va a cumplir. Hate your drugs, si te sientes siniestro. Un rayo de inteligencia, el trío siempre en su sitio. Fotogramas sacados de los años del saber estar. Recuerdos de una época en la que se vestía de acuerdo a normas dictadas por la intuición y por un romanticismo salvaje. Caras bonitas por la mañana, aire fresco y triste; Marble lions. Qué ganas de marcharse de vacaciones. Autopistas, el camino de una inexistente Costa Azul. Fugacidad y desengaños que se pierden amables en la distancia. Cuando el angst todavía permite mantener la compostura, aparecen discos como este.


Antes de salir a trabajar sonará
Cool kids of death una críptica oda al nihilismo juvenil. Un viaje que no excluye la disolución de las estaciones terminales. Desesperación y champán, bolas de discoteca tiradas por el suelo, canciones que pueden representar todo. Los años Noventa, romanticismos salvajes. Hay días de horror...



12 junio 2006

Caminando en círculos en torno a la idea de belleza

La idea de que belleza y vanguardia son términos incompatibles, antagónicos a todos los efectos, ha estado profundamente ligada a la tradición artística del siglo XX. Mientras se sucedían diferentes y delirantes programas utópicos que reclamanban convulsiones e ilumninaciones a partes iguales, el goce estétitico como fín esencial de la obra de arte era desterrado del imaginario colectivo provocando la radical separación entre artistas y público. Así, paradójicamente, al tiempo que se invocaba la salvación de la sensibilidad humana, la experiencia artística se segregaba de las sensaciones propias de la observación y el disfrute del entorno. Entorno vital que se recupera, de maneras muy distintas, en las obras presentadas por Olafur Eliasson y Kimsooja en Madrid estos días.

La de el danés Olafur Eliasson es una de las carreras más claramente orientadas a la serenidad y la belleza. Mientras en los últimos tiempos unos y otros se apuntaban como locos a las vacuas poéticas de la abyección, arropados por la conocida piroctecnia verbal post-moderna, Eliasson organizaba delicadas reflexiones poéticas acerca de las formas del mundo, los rítmos internos, los temas en los que se organizan nuestros espacios. Horizontes y luminescencias, vanos, caminos, límites y sendas que se han abierto a lo largo de fotografías e instalaciones que han sabido mantener una sabia tensión estética. Un deleíte dúctil, un sentido de la armonía que hemos agradecido en momentos de horror vacui y videoarte. Por eso, es un placer encontrarse, en el marco habitualmente tedioso de PhotoEspaña, la exposición Caminos de naturaleza. Fotografías tomadas en espacios abiertos que buscan trazar las composiciones y los temas existentes en lo natural. Exploraciones seriadas que permiten desvelar el relato propio de las extensiones naturales. Empleando la retina mecánica del fotógrafo para fijar la impresión curiosa del artista, Eliasson logra cerrar una reflexiva poética del sosiego que viene a recordarnos que la posibilidad del espacio abierto existe como idea autónoma. Una circunvalación poética tremendamente necesaria, por otra parte, en estos días de entornos más y más cerrados estética y existencialmente.



Con otro ánimo se acude al Palacio de Cristal a ver la instalación de la coreana Kimsooja Los materiales empleados, luz, vacío, cristal por este orden, hacen interesante la propuesta planteada en Respirar – Una mujer espejo. El Palacio de Cristal de El Retiro se presenta así con su suelo pavimentado de espejo y sus cristales cubiertos de una película de difracción de la luz. La curiosidad por ver el edificio convertido en una suerte de cámara de resonancia lumínica es, en primera instancia, un atractivo para el público general que disfruta encantado de las luces de colores. También genera un cierto recelo. Demasiado efectista. Sin embargo, una vez en el interior, con el sonido ambiente de la respiración de la artista hiperamplificada, un vértigo tranquilo y psicodélico se adueña del visitante. Sumergido en un amable caleidocopio cuyo único fín aparente es absorber y reflejar la luz para generar una sencilla hermosura ambiente, uno no puede evitar abandonarse al deleite propuesto. Espacio y luz se multiplican hasta el infinito aprovechando un sutil empleo del goce estético que nos recuerda que, muchas veces, los viajes esenciales pueden resultar hondamente reveladores. A la salida, llama la atención ver aparecer el mismo efecto iridescente en el sol atravesando las infinitas gotas de agua de la fuente. Curioso diálogo, trascendente en su pura nimiedad.



En suma dos modestos recordatorios acerca de la relevancia de la idea de hermosura en la construcción de una poética artística. Recordatorios que resultan extremadamente gratificantes para el espectador, ya que suponen una invitación a abrazar un vértigo asumible a cambio de alcanzar pequeñas parcelas de sabiduría y placer. Vértigo que se puede proyectar indistintamente tanto hacia el exterior (Eliasson) como hacia el interior (Kimsooja). Parcelas de sabiduría y placer cuyo dibujo viene dado con sencillez en el disfrute de simples rayos de luz o de líneas que se trazan sobre los roquedales. Conclusiones insignificantes en cuanto a su contenido intelectual, sin embargo inabarcables y misteriosas en su consecución formal.


La instalación de Kimsooja Respirar – Una mujer espejo se puede ver en el Palacio de Cristal del Parque de El Retiro hasta el 24 de agosto.- La exposición de Olafur Eliasson Caminos de Naturaleza en la Fundación Telefónica, Gran Vía, 40 hasta el 27 de agosto.