15 junio 2006

Un momento retro

Discos emblemáticos y mañanas de tormentas tropicales. A veces uno se pregunta que hubisese sido de nosotos si no hubiese existido este placebo artificial que es la música pop. Precisamente Saint Etienne, asumiendo el artificio como propuesta de salida, supo perfilar la desesperanzada necesidad de huída hacia la nada. Disolución en parajes soleados y en una frivolidad cargada de existencialismo pop reunidas en unas canciones que sirvieron para recomponer durante un instante el puzzle de unos sueños perpetuamente rotos.


Hay días de horror en los que sólo se puede escuchar el Tiger Bay (Heavenly, 1994) de Saint Etienne. El disco supone una escapada panorámica hacia un territorio perpetua y radicalmente soleado hasta la desesperación. Incluso en sus pasajes más melancólicos, este disco ofrece un poso de esperanza y la apuesta por una inteligencia curiosa y juguetona. Ahora suena Former lover y luego lo hará I buy American records. Cantos a una nada vacacional, huídas hacia adelante, electrónica de consumo con fluídos vitales incorporados. Antes de que todo dejase de formar secuencias ordenadas, Saint Etienne ofrecían un crisol de facilidad estética; una nueva quadrophenia euro-pop para club-kids escépticos y sabihondos. Kevin Pierce habló de que sólo Saint Etienne podían ser cualquier cosa que quisieses y llevarte a cualquier lugar donde quisieses estar. Éste es el disco en el que ese desplazamiento mental aparece más claro. Este es un viaje amable hacia la nada y el todo.



Un viaje perpetuo hacia tierras amigables en las que se cuenta con tiempo suficiente para el amor y la desdicha. Canciones correspondientes, Hug my soul girando como una promesa que no se va a cumplir. Hate your drugs, si te sientes siniestro. Un rayo de inteligencia, el trío siempre en su sitio. Fotogramas sacados de los años del saber estar. Recuerdos de una época en la que se vestía de acuerdo a normas dictadas por la intuición y por un romanticismo salvaje. Caras bonitas por la mañana, aire fresco y triste; Marble lions. Qué ganas de marcharse de vacaciones. Autopistas, el camino de una inexistente Costa Azul. Fugacidad y desengaños que se pierden amables en la distancia. Cuando el angst todavía permite mantener la compostura, aparecen discos como este.


Antes de salir a trabajar sonará
Cool kids of death una críptica oda al nihilismo juvenil. Un viaje que no excluye la disolución de las estaciones terminales. Desesperación y champán, bolas de discoteca tiradas por el suelo, canciones que pueden representar todo. Los años Noventa, romanticismos salvajes. Hay días de horror...



1 comentario:

Douglas Coupland dijo...

Ánimo, tío. A ti por lo menos no te ha cacheado hoy un madero cinco años menor que tú buscándote una china en los huevos. Que ya es romperse. Y cuéntale tú lo de Seintetién. Todo tu sentido del ridículo. A fin de cuentas, nadie cambia tanto.