23 febrero 2006

Las cosas de las que hay que olvidarse


Si opinar sobre los discos de grandes figuras míticas es siempre difícil, mucho más complejo, audaz y comprometido es emitir un veredicto recto sobre los regresos de aquellas otras leyendas domésticas con las que guardamos una vecindad espiritual que escapa al entendimiento. Pero, ¿quién quiere juicios ecuánimes a estas alturas? Kiki d'Akí es responsable de la canción de amor más hermosa jamás escrita en nuestro idioma (sí, Unidad de Destino); es parte de viajes sentimentales, inspiradora de itinerarios geográficos, augur de encuentros fortuítos, hada custodia de anhelos propios y ajenos. Ha sido, además, fuente de misterio hasta hace no demasiado tiempo. Hemos comprado su mítico mini LP bajo el sol ligero del Paseo de Recoletos, lo hemos escuchado alegres y tristes. Lo hemos ecuchado toda una eternidad. Hace tiempo, maquetas suyas corrían de mano en mano; buenos amigos nos han enviado CD-Rs con sus canciones. Fuímos testigos de su regreso, primero nos gustó. Más tarde sentimos que algo había cambiado para siempre y que el nombre de Kiki d'Akí, de pronto, significaba algo muy diferente. No sabíamos si nos sentíamos cómodos con ese nuevo significado. Deseamos que nunca hubiese vuelto a dar señales de vida. Guardamos su segundo disco en un cajón y no lo volvimos a poner jamás...


Así son los requisitos exigidos a las leyendas; vivir en un teritorio de ficción, desaparecer y no regresar de las tierras umbrías donde se resuelven los sueños. Una leyenda no puede reclamar derechos propios del artista, no tiene por qué disfrutar de libertades creativas o licencias poéticas. Son moneda de cambio, un objeto de ficción que está obligado a ser sacrificado para generar la alquimia de lo insólito. Por eso, la reacción más fácil ante este nuevo LP de Kikí d'Akí (Villa Flir, Siesta 2006) sería recorrer los dos caminos que propone habitualmente la nostalgia; uno sería el del elogio ciego, la celebración del fan al que le basta el eco luminoso de la estrella extinguida hace ya años para excitar su imaginación. La otra posibilidad sería transitar la senda del despecho, afirmar que se trata de una traición a un pasado quebradizo. Odiarlo y guardarlo también en el cajón.


Pero, al final, uno no puede vivir cerrando cajones eternamente. Las cosas cambián y, en cierta medida, es un alivio pensar que las anomalías no se repiten siempre y permanecen ajenas a los tránsitos terrenales. Y hay una Kikí d'Akí que, si es precisamente algo, es ajena, ligera y ultraterrena. Esa cantante no va a volver y nadie podrá encontrar su presencia en este disco en el que no hay angustias ni nostalgias que valgan. En sus surcos uno encuentra, tan sólo, una sencillez enervante. La primera escucha es decepcionante. Éste es un disco que crece con los días; como los días soleados y las tardes de lluvia se extienden por el ánimo, por emplear tropos propios del género indie. Es un disco que arrastra al oyente hacia unos terrenos de voluptuosidades domésticas alejadas de la leyenda. Aquí no hay sentimientos peremnes, no hay fijeza o grandes maneras artísticas. Al contrario, Kikí y su marido, Sergio López de Haro, se dejan llevar por la tranquila seducción de lo efímero y lo falible. La clave de interpretación está en la canción Si hace sol, una oda sensual y estoica propia de la despreocupada placidez de las cosas transitorias.


Baladas delicadas como La sombra del rosal, canciones como Qué más da, se acomodan poco a poco al oído según se avanza en la escucha. La almibarada facilidad de la producción de Guille Milkyway otorga una exhuberancia veraniega al conjunto que favorece que el disco aparezca entrevelado con un hálito de intrascendencia y ociosidad agridulce. Aquí no hay sucesos importantes ni visitas de ultratumba. Hay incluso canciones insulsas y saltarinas como Hoy te vi y guitarras de sospechoso y poco defendible aire progresivo como las de Metrópolis. También hay que decir que es un disco sin malicia, no está pensado para agradar a unos u otros, ésta es precisamente la salvación de algún que otro momento discutible (y me refiero a algunos ensueños de guitar hero, alguna reminiscencia ligera pero patente de Stairway to Heaven o a la canción que da título al LP y sus guitarras robadas a Santana, cosas así de incorrectas).


Se que muchos se echarán las manos a la cabeza cuando lean esto, pero a mi este disco me ha gustado. Al final me ha gustado, sí. De alguna manera, la desconexión de Kikí d'Akí con respecto de su propio mito la deja desvalida artisticamente, pero también sitúa sus pequeños logros en escalas más humanas: las de las sensaciones simples y plenas. Y es simple y plena la sensación que produce la escucha de este Villa Flir. Para muchos será un disco horrible, una traición una muesca más en la quiebra de una leyenda; algo que enturbia ese cristal pristino que representa La Movida y a través del cual insistimos morbosamente en mirar nuestra música pop. Bueno, son cosas muy distintas. Aquella Kikí ya no pertenece a nadie, ni siquiera a la propia María José Serrano... a veces las personalidades múltiples del pop juegan de manera extraña sus cartas, esta Kikí es una mujer diferente, vive de espaldas a su propio mito y ha facturado un disco sencillo que, si no viniese amparado y fagocitado por el nombre legendario, pasaría discretamente por unas pocas manos y sería difrutado en días tranquilos y en horas muertas y calurosas por muchos de los que lo criticarán. Así son los dobles filos de la posteridad.


Pero queda una moraleja con respecto a la posteridad de Kikí. Este verano pasado, en la piscina de Vallehermoso, mientras intentaba sortear el calor de hierro de la tarde madrileña creí entrever la cara conocida de una mujer menuda y con aspecto frágil que se acercaba al agua. Cuando me quise dar cuenta, me percaté que se trataba de Kikí d'Akí. Pensé en acercarme y saludar; por alguna razón no lo hice. Tal vez entonces intuí que Kikí d'Akí no existe; al menos no aquella que conocimos gracias a un saldo monumental de Nuevos Medios en la feria del disco de Recoletos. Aquella mujer parecía no tener mayor interés en responder en nombre de una leyenda que nunca ha invocado. Yo, en ese caso, poco tenía que decirle. Tal vez el verano próximo pueda felicitar a María José por haber firmado con el nombre de otra persona un disco discreto y hermoso y por haberme hecho pensar en que no siempre debemos desterrar al fondo del cajón aquellas cosas que cambian de sentido y significado con el paso del tiempo.

Escucha a Kikí d'Akí:

si hace sol


20 febrero 2006

No creas que volverás a ser joven otra vez

Es tanto el tiempo que pasamos soñando con esos ídolos de papel que son las estrellas del indie pop que, una vez que se materializan ante nuestros ojos, no sabemos si dejarnos llevar por la decepción, el entusiasmo o ambas cosas a la vez. Pero, a pesar de todo, todavía queremos creer en la magia y, en consecuencia, era el entusiasmo lo que nos embargaba en el momento en que Jessica Griffin subió al escenario de la sala El Sol la noche del sábado. Lejos del oropel y la bisutería pop que ha encadilado nuestra imaginación desde The camera loves me (él records, 1988), demostró que no necesita echar mano del pasado para iluminar el presente. Es posible que nunca volvamos a vivir en ese carnaval pop donde los papeles se repartían en el preciso instante en el que el disfraz salía del baúl; pero las canciones siguen estando en el aire y no hay más que estar atento y dejarse llevar por ellas hacia terrenos no exentos de elegancia y gracia compositiva.


Expectación en la sala, históricos indies de la ciudad paseando, saludando, recordando viejas rencillas o haciendo la tradicional negación de saludo... y un centenar de personas curiosas por ver qué ofrecía la leyenda secreta del pop británico. Hay que hacer notar que Would Be Goods, en la actualidad, se encuentran relativamente lejos de los relumbrones que fueron imortalizados en sus dos primeros LPs para él records. El mito venía muy diluído ya que la reaparición de Jessica Griffin con el LP Brief Lives (Matinee, 2002) atenuó aquellas coloristas extravagancias y redujo la dosis de veneno vertida en el colorín pop. Tras la edición de The morning after (Matinee, 2004), y ya totalmente normalizados, Would Be Goods son un apreciable (y apreciado) combo capaz de facturar efectivas canciones, melodiosos ensueños y dulces pasajes para la indie-nation global. Tal vez no seamos tan jóvenes de nuevo pero grupos como éste hacen posible, por un instante un olvido fácil. La dosis de leyenda esperada era, por tanto, la justa.


Y, sin embargo, las noches de los sábados uno no puede evitar dejar llevarse por la emoción de las canciones perfectas. Máxime cuando la formación que pisó las tablas de El Sol era directamente de leyenda. Peter Momtchiloff (Talulah Gosh, Heavenly, Marine Research, Family Way) dejó claras sus dotes como estilista de guitarra jangly, haciendo gala de una actitud maravillosamente cool, paseando un palmito único y dejando constancia de que el indie-pop no es sinónimo ni de falta de carácter ni de ausencia de filo. Completaban la formación Andy Warren (Monochrome Set), preciso y discreto, y una asombrosa Debbie Green (Headoctees y X-Men) que pegaba los tambores con vehemencia mientras hacía unos coros que se elevaban hacia el infinito. Jessica Griffin, por su parte humanizó su papel de diosa de la canción ligera (tal y como la podíamos imaginar escuchando las grabaciones de él) y, con los pies en la tierra, fue capaz de articular un repertorio consecuente. Guiños al pasado hubo, desde luego. Resueltos con estilo, magistral distancia y asombroso vigor; The camera loves me, Cecil Beaton's scrapbook o Velazquez and I desplegaron todo su encanto incluso con una instrumentación absolutamente básica. Para qué engañarnos, uno no puede reprimir un escalofrío de emoción al escuchar los primeros acordes de estas canciones... Canciones que, por otra parte, no son más que pura prestidigitación pop, diseñadas arteramente para hacernos creer en fenómenos sobrenaturales de dudosa consistencia; el que conserven sus facultades década tras década da qué pensar acerca del papel central de la impostura en el terreno de la estética.


La única impostura a la que se entregaron Griffin y los suyos fue la de la efectividad y la discreción. Primando el pop elegante y directo sobre la sofisticación y la arbitrariedad; un refinamiento que entronca con los guiños indies a la nouvelle vague francesa más que con aquel delirante croosover entre el juego de máscaras veneciano y la trepidación del Swinging London con que un apendiz de Andrew Loog Oldham quiso dinamitar las convenciones del pop britanico establecido a mediadios de los ochenta. Elección acertada, por otra parte, ya que donde hace años estaba una cantarina heredera joven y bella secundada por una banda de alegres truhanes, ahora sólo encontramos a una mujer que ronda los cuarenta y despliega una bohemia serenidad no exenta de cotidianeidad. Griffin es capaz así de insuflar vida a su jangle pop de alcurnia sin hacer aspavientos. No, no seremos tan jóvenes es cierto, pero conciertos como el de Would Be Goods el sábado por la noche hace recuperar la fe en el estilo como bálsamo de fierabrás contra la corrosión del tiempo. Pero ¿y esa magia que mencionábamos al principio del post? Desde luego, hubo una magia discreta y evanescente que guarda ecos de otra belleza más convulsa, más delirante e irónica pero también más perecedera. Trágicamente, muchos todavía seguimos obesionados con ese fugaz resplandor que nos hace pedir al maître Death a la carte y echar en falta un cierre mayestático y ridiculamente épico con The last of the pinstriped rebels. No obstante, manías personales aparte, se trató de un concierto hermoso y sofisticado de esos que no se ven más que en momentos especiales y raros de reencuentro con el pasado. Reencuentros en los que, muchas veces, se agradece más la sinceridad amistosa que los juegos de espejos con que una vez nos hicimos creer a nosotros mismos que eramos capaces de volar por la ventana de la buhardilla.


P.S.- No debemos dejar de hacer una mención especial a Elefant por organizar un concierto como éste en tiempos muy poco propicios para rendiciones melódicas. Felicitación doble, además, por tener el detalle de regalar con la entrada un split-sampler compartido con la disquera indie de más predicamento en los últimos tiempos, Fortuna Pop!


Would Be Goods tocaron en la sala El Sol el sábado 18 de febrero de 2006


13 febrero 2006

ARCO 06. Se acabaron las curvas en la autopista del eterno retorno

Un año más decimos adiós a la madrileña feria de arte contemporáneo. Por delante tenemos 365 días para comprobar la materialización de esas tendencias que unos y otros quieren ver entre los stands. Cuando se apague la última luz, empezará la cuenta atrás para confirmar si la pintura vuelve, si se acabaron los años de plomo de la instalación y el vídeo o para descubrir si tenemos que hacer caso o no a las cosas de Ana Laura. Lo cierto es que el sentimiento era unánime entre público, artistas y expositores, este año la feria ha estado mucho más correcta, más interesante con más obra propiamente artística y menos acción social de vanguardia y aparatajes audiovisuales. Y además suben las ventas. El final de la etapa rectora de Rosina Gómez Baeza marca el año 0 para convertir nuestra hoguera de modernidades en una feria seria y comedida (“Art Basel-Art Basel” era el mantra repetido por todos). Y todo al mismo tiempo que se demuestra que hay atolladeros de los que se puede salir y se empieza a intuir que el nuevo puritanismo estético que nos llega de tierras germanas puede terminar por convertirse en la ventaja competitiva que garantice un digno índice de crecimiento económico para el mercado del arte.


Pobre Rossy de Palma, paseándo el sábado por los pasillos de ARCO como si fuese una sombra de ese pasado vertiginoso y loco de aquellas ferias en las que uno iba a pintar la mona, dejarse ver, lucir palmito y hacerse una foto con la obra conceptual del momento. Los tiempos cambian y aquí empiza a hacerse patente que la provocación artística, la farándula y el colorín ya no ofrecen resultados económicos dignos de ser tenidos en cuenta. ARCO cumple 25 años y empieza a volverse un evento (auto)reflexivo. Pobre de aquel a quien estole pille con el pie cambiado y el bluetooth colgando de la oreja mientras grita nombres de personajes de la cultura, menudo ridículo va a hacer. Uno sigue encontrando modernos y modernas, por supuesto, vídeos obscenos, abyecciones, acciones y situaciones, viderocreaciones y cibachromes, claro, pero cuanto más los mira, más le da la sensación de que no son más que el residuo cultural de la década pasada. Uno se pasea entre los tony ouslers, uno los mira con cariño, uno no puede evitar dejarse llevar por la nostalgia y una cierta lástima. Cómo pasa el tiempo de rápido, ¡hay qué ver!


Siguiendo de manera inflexible la norma de menos es más, esta edición de ARCO ha optado por la sobriedad y un rígido criterio intelectual. Nada sobra, no hay árboles que no dejen ver el bosque y las propuestas más sensacionalistas han sido mantenidas bajo un estricto control espacial, formando un margen de stands que no interrumpe el recorrido de la visita. Y es que parece que se ha llegado a un consenso generalizado acerca de la necesidad de empezar a dotar de contenido espiritual a los fenómenos artísticos. La vuelta de la pintura ya es un hecho y hay que vincularla a dicho consenso; lo mismo sucede con la escultura. Parece que de manera global se ha identificado que la hondura y la reflexión constituyen la única ventaja competitiva que puede evitar que el arte pierda cuota de mercado frente a otras diciplinas propias de la era del infotainment. A los coqueteos con el mundo de la publicidad y los casamientos contranatura con la sociología de salón se contrapone ahora un regreso a la materia pintada, al cuidado por la forma, a la unicidad de la obra de arte y a la relevancia de la consideración estética. Así, no es raro poder ver de forma obsesiva a Gunther Forg, cruzarse con Brandl y Zitko, encontrarse con los hermanos Oehlen o con las monolíticas esculturas de Franz West. Parece que la única veleidad que se ha permitido este año la feria es la sucesión interminable de mini-animaciones de Julian Opie, bonitas y simpáticas.


Más pintura, ya decimos por todas partes, y más optimismo en general. Parece que es más sencillo defender la relevancia del arte y su capacidad para trascender la industria del entretenimiento secundado por un inmenso cuadro de Helmut Dorner que por un vídeo de Tracey Emin. Lo cual parece obvio en estos tiempos de capitalimo melancólico, mercadotecnia dura y desengaño pero no lo era tanto en aquella blanda fase expansiva de la Sociedad de la Información que fueron las años noventa. Más vale tarde que nunca, en cualquier caso. Por lo que respecta a los artistas nacionales, hay que decir que siempre llena de alegría ver cómo las obras de Antoni Tàpies del año 2005 están plenas de energía mental o que Campano deja un par de obras más que interesantes... en fín, incluso hace gracia constatar la pérdida de mano (y posiblemente de juicio) de luminarias como Luis Gordillo o Broto. En definitiva, una vez que han quitado las luces y los cacharros nos damos todos cuenta de que, efectivamente, la pintura ha vuelto. Da alegría pasearse y ver obras de arte, no acciones o situaciones, y apreciar que existen asideros visuales y estéticos más allá de los dicursos vacuos y los múltiples cut-ups mal hechos de Julia Kristeva. Es bonito, ver cuadros y esculturas. Así de sencillo.



Lo único que falta para que nuestra alegría sea total es que empiece a llegar la buena pintura. Porque lo primero que ha llegado en este retorno son los cuadros de registro amable y decorativista... informalismos blandos para que el cambio no resulte violento. Obras dóciles por si las cosas se tuercen... tal vez sea el momento de empezar a introducir (de nuevo) el factor riesgo en la ecuación mental del arte. Porque, no nos engañemos, la única manera de captar nuevas audiencias es ofecer precisamente aquello que no se incluye en el marketing mix de los media... esto es, incertidumbre, imaginación, verdad, peligro y belleza. Y de esto en ARCO 06 se han visto solo apuntes, aproximaciones y bocetos. Mucho se ha avanzado desde aquellos momentos de delirio en los que pasear entre los stands era lo más cercano a recorrer el fluído mutante de la irracionalidad del sistema de capitalismo global, con sus pulsiones formando obscenos cromos de autocomplacencia autorreferencial, multiculturalismo onanista y solipsismo. Por muy bien que lo pasásemos, aquello no podía seguir así.



La pintura ha venido para quedarse y a muchos les pilla con el pie cambiado y a otros, por el contrario, les produce una tremenda e irrefrenable euforia. Lo cierto es que este ARCO supone la recuperación del norte, la corrección y la formalidad en el mundo del arte. Pero nada más que eso... en principio se acabaron las curvas en la cinta de moebius de la postmodernidad, empieza a recuperarse el sentido. Queda pendiente empezar a generar contenidos con calado porque de lo contrario, si la pintura que viene es la de la tranquila abstracción de la nada, seguiremos en las mismas que antes con la diferencia de que nos aburriremos más ya que no podremos entregarnos ni siquiera a nuestras más bajas pasiones estéticas, como hicimos durante años con Ana Laura o con Carles.

11 febrero 2006

La barbarie empieza en casa

El riesgo de emprender un viaje o imponerse realizar una tarea reside, sobre todo, en la posibilidad del error incial. Rutas mal trazadas, actos fallidos, esfuerzos que se diluyen en esos paréntesis vacíos donde desembocan los propósitos dirigidos con poco tino... Asumir estos riesgos supone un esfuerzo sincero de concentración, de dominio de la voluntad y, sobre todo, de ánimo, ya que de algunos viajes se parte sin certeza de regresar. Para este viaje son las maletas que ha hecho Adrián Navarro; unos bártulos cuidadosamente escogidos, porque salir de viaje, como nos enseñan la mayor parte de relatos fundacionales, es un acto que requiere cuidado y responsabilidad. Una responsabilidad que empieza asumirse en casa, el día que descubrimos al hombre y al salvaje reconociéndose en un territorio, si no común, sí simultáneo


La barbarie empieza en casa, ciertamente, al igual que las verdades están siempre en terrenos lejanos. Agazapadas y temerosas, como criaturas y salvajes, las certezas muchas veces se intuyen apenas camuladas en categorías inéditas y tonalidades sulfúricas. Que es más o menos lo que se ha quedado pintado en estos cuadros de la exposición Hombres y Salvajes, que presenta Adrián Navarro en la Galería Artificial (un espacio, por otra parte, situado más allá de los márgenes psico-geográficos de nuestro preciado Sistema Artístico).Quién conozca de cerca el racionalismo sensual de nuestro amigo pintor y le haya acompañado en los últimos años en su peripecia personal sabrá que, precisamente, responsabilidad y ánimo explorador no falta en una pintura en la que la intuición tiene un peso similar a la decisión y la responsabilidad.


Y la decisión en Adrián Navarro se basa en una entereza notable y en la constancia sistemática del explorador. Lejos de la plácida diletancia del viajero, su ánimo descubridor no le está acercando en absoluto a las sendas prefijadas en los trayectos socio-culurales vigentes. Por el contrario, Adrián Navarro empieza a desplazarse de manera progresiva (y, en cierta medida, fatal) hacia los terrenos exteriores, las tierras de la barbarie y las zonas incultas.Y, como bien nos recuerda Mircea Eliade, “el establecimiento en una región nueva, desconocida e inculta es el equivalente a un acto de creación”, es en esas regiones incultas donde tienen lugar los verdaderos actos de generación; actos en los que colores formas, trazos y volúmenes mantienen tanto las potencialidades del orden como las del caos. Ante la disyuntiva entre la asepsia ultramoderna o el esteticismo informalista, Adrián Navarro recuerda las formas de las tierras sin dueño, innominadas, no creadas, e intuye, mirando de reojo que, lejos de lo que todos insisten en repetir, podrían estar habitadas por esos salvajes y bárbaros que queremos revocar, que se aliemntan de esos frutos henchidos de nada que no queremos probar y emplean los lenguajes que ninguno queremos adoptar.


Ante todo, aquí el pintor se está adentrando en zonas sin correspondencias, ajenas a cualquier mapa; una región imaginada y, en muchos casos, fallida. El pintor se arroja así a unas tierras en las que la obligación fundacional puede chocar con los hábitos de unos primeros pobladores salvajes acostumbrados a morar en el impedimento y la oscuridad. Una tierra en la que, por otra parte, también se agazapan los descubrimientos; donde pueden aparecer hallazgos que obliguen al artista a modificar sus cálculos y renovar sus certezas en torno a la posesión y la generación. La colección de cuadros que se nos presenta, trata de la posibilidad de cultivar en el caos y de las consecuencias que esto puede tener. De las poteciales generativas de la pintura como acto de creación de un teritorio nuevo y la relación de este acto con aquel caos primero en el que, muchas veces, el explorador encuentra miradas asustadas en las que se reconoce. Hombres y salvajes no son tan diferentes, al fín, y en el decurso de las tareas de cultivo y colonización, uno debe enfrentarse a la mirada del caníbal que nos pregunta acerca de la legitimidad de nuestras acciones.


Pero, si de legitimdades caníbales se trata, Adrián Navarro cuenta con un don propio de salvajes pese a que sea capaz de matizarlo con las herramientas intelectivas que carcaterizan a quien (arbitrariamente) hemos venido calificando, desde hace siglos, como hombre. Este don es el don de la fealdad, tan raro, tan incómodo y tan necesario en una pintura que hoy quiera tener una existencia autónoma y una vida por sí misma. Contar con este don es, en cierta medida como haber sido tocado (en casi todos los sentidos del termino) por el poder de lo horrible. De ahí vienen los colores incandescentes, la vitalidad salina y la fiebre que corroe a los seres que viven en estos cuadros. Gracias a este poder el pintor se quiebra en una máscara, los ojos se abren como granadas maduras y los paisajes se bifurcan entre la espesura. Esta es la capacidad necesaria para manipular la materia imaginante, para poder dar forma al pensamiento y dar el sentido primero a lo que el caos impide. Lenguajes generativos y rituales de paso entre lo horrendo y lo necesario que conforman una pintura existencial y utópica.


Para muchos se trata de una pintura que nos retrotrae a las primeras vanguardias; en ocasiones esto se agita como un talisman para asustar lo malos sueños que trae la pintura sincera a nuestros asépticos canales de comercialización (no nos preocupemos, son solo ejercicios de estilo, se dicen). En cierta medida, aquí uno escucha los ecos trasfigurados del Dadá más místico (aquel que lloraba esquirlas de caos por una humanidad autodestruída) o la figura tránsida de la pintura Cobra. Ecos que aparecen, no como maneras, sino como anhelos no cumplidos, viajes nunca realizados, y espiritualidades aún inéditas. Y por lo tanto artísticamente legítimas, material asumible, necesario, bártulo de superviencia en estas tierras angostas de las que uno nunca regresa igual que partió.


En esta pintura, el pintor se despoja de sus ropajes al llegar a la orilla del bosque, conervando sólo aquellos talismanes que le permitan el diálogo con lo oculto. Se desnuda de la civilidad y se viste con las pieles del druída para descubrir cuerpos esenciales y seres anteriores a la vida. Una elección, a todas luces incómoda. Porque las personas que marchan a terriotorios salvajes, las personas que deciden vivir entre cabezas cortadas (y piensen en aquel Kurtz de Conrad) siempre abren perspectivas de fuga peligrosas e ingratas en los sistemas orientados a la eficiencia. Lo que no es óbice para que, por mucho que nos empeñemos todos, sea necesario que alguién marche a dialogar con los animales totémicos que inseminan nuestros sueños. Animales que, por muy acallados que podamos tener, nunca han accedido a entregarnos sus terrenos .


Hombres y salvajes de Adrián Navarro puede verse en la Galería Artificial (c/ Albasanz 75, 1pl. Nave D) hasta el 25 de febrero de 2005


05 febrero 2006

Indie is the new garage

Mientras desde las páginas del RDL Víctor Leonore se descuelga con el enésimo informe Madrid underground (donde queda patente, por cierto, la ecuación 1993x = 2006y) y recoge, sin citar la fuente, informaciones de este humilde boletín, nadie parece darse cuenta de cómo está el subsuelo madrileño en sus anillos inferiores. Lejos quedan ya aquellas utopías independientes que muchos quieren revivir como sea y por la cuenta que les trae; por el contrario, esta ciudad se parece cada vez más a un estrafalario zoco de modernidades rotas donde se multiplican iniciativas delirantes, eternos retornos imposibles mientras cadáveres no tan exquisitos pasean su palmito por las aceras del dédalo madrileño.


No vamos a engañarnos más. Aquí sólo queda una coleción de baratijas echadas en un mantel al tresbolillo, una almoneda pop en la que se saca todo aquello que pueda ser objeto de trapicheo callejero. Madrid 2006, no es una ciudad underground, esto es más bien el infra-ground, el 0 LEVEL; se parece más bien a lo que serían las noches de un hipotético Kandahar pop si hubiese triunfado la invasión aliada del Oriente Medio. Es decir sub-captalismo cultural a cucharadas, una oferta de casbah llena de exhuberancia barata-barata y delirios cogidos por los pelos, de aquí y de allá, para conformar un patchwork en el que la estupidez se traviste de un moderado salvajismo doméstico y la modernidad cheli se pierde en noches de trepidación pasivo-agresiva al rítmo de lo que sea.


Y lo que sea, esta noche es una delirante fiesta de homenaje al sello 4AD (primera etapa) en el refugio indie más marginal, chungo y asilvestrado de Madrid: el imposible disco-inferno Luke Soy tu Padre. Sí, ya se que podía estar escuchando la última producción del (WA)TT team y dejarme de rollos negativos. Será que soy un matao, el caso es que, como lo de las escenas ya lo tengo muy visto, prefiero bajar a la calle a ver cómo lleva la ciudad lo del agotamiento espiritual. Estamos, ahora mismo, dos escalones por debajo del underground. Así que somos cuatro los gatos que nos reunimos en el mencionado infra-club para celebrar la atmosférica y asiniestrada primera época del sello fundado por Ivo Watt. Una fiesta de feliz no-aniversario. En primer lugar llama la atención profundamente ver cómo la underground a-decoración del local (azulejos blancos, rincones dignos de un derribo programado, iluminación pretendidamente chungo-neoyorkina...) realza el carácter de pastiche moderno, impostado registro claustrofóbico, como mandaban los cánones del after-punk siniestro, esto es: cutre-lux industrial y estética gélida a lo Basildon-Tombuctú. La localización ofrece, por tanto, el tono idóneo para desarrollar esas imposturas barrocas, esas experiencias de segunda mano y practicar el sube y baja de tramoyas pop que guía el ocio nocturno aquí y ahora. El público presente, indies despitados, siniestros extremos, niñas-otakus que quedan por móvil en el Dark Hole a las dos y media, un miembro de los Dormouse, propietarios de recoletas y excelentes tiendas de discos, nostálgicos del concepto de “lo moderno”... y así. Mientras, en el ordenador-DJ se sucede una playlist agradable de a-éxitos, lamentos y atmósferas que venían a demostrar que, de no haber sido por los aciertos artísticos visuales de Vaughn Oliver o por los Pixies en segunda instancia, el sello hoy sería tan sólo un pálido reflejo de aquella pedante utopía artístico-capitalista que fueron los años ochenta, no mucho más recordado que los Discos del Crepúsculo. ¿La fiesta? Inexistente, realmente... simplemente dos horas esperando la nada en otro limbo pop más. O lo que viene a ser lo mismo, celebrando el vacío mental en la orilla real del underground.


Y es que no estará la cosa tan animada como dicen cuando, cada vez con mayor frecuencia, uno ve cómo un circuíto de clubes se entregan a la infructuoa tarea de reverdecer los extraños laureles de épocas frágiles y ridículas. Un escapismo bastante insustancial, ciertamente narcótico, pero ante todo insólito en su estulticia... glorias de pop amodernado, sueños de siniestros jóvenes que dejan correr su curiosidad a través de conexiones difusas y, gracias al formato mp3, reviven micro-peripecias pasadas... Y es que, estamos todos lejos de esa vitalidad de la que unos se admiran, y por el contrario, parece que hemos alcanzado ese punto de ruptura en el que el indie es el nuevo garage. Sujeto a una recuperación perpetua, enfermiza, detallada, neurótica y formalista, taxidérmica y manierista. En consecuencia, a nadie le puede alarmar el revival shoegazer (que ya es un hecho), ni que se multipliquen los micro-espacios donde se celebra el sonido manchester o que se anuncie por todo el barrio de Malasaña un no-concierto de Ride (Mark Gardener, 24 de febrero en el Blur Club)... Parece que una escena que a nadie motiva genera, en las zonas negativas de la ciudad, un sólido contrapeso traducido en un circuíto en el que el habitual y madrileño patetismo doméstico se da la mano con la ausencia todo sentido crítico de la historia del pop. Así que, si quieren,disfruten de los espasmos y las escenas que nos monta el RDL y sus amigos, pero no olviden que la ciudad se asienta, en estos momentos, sobre una balsa de antimateria mental en la que el revivalismo y el delirio avanzan lentamente en la disolución psíquica de lo juvenil. O, dicho con otras palabras, desenpolven el Spooky de Lush y vayan pensando en desaparecer.



Todavía hay tiempo, por otra parte, de asistir el sábado 11 de febrero a la fiesta 4AD Segunda etapa: 90 hasta la actualidad en Luke Soy tu Padre, c/ San Bartolomé,14

01 febrero 2006

Comet Gain y mil razones más para odiar la música pop

Everett True se asusta mientras Kiko Amat canta las virtudes de sus amigos británicos al rítmo del consabido sonsonete mod-punk. Y aún así, lo del último LP de Comet Gain se trata de mucho más que unas cosas y las otras. Trata de una épica en absoluto fluída, de la dependencia monolítica de las sensaciones grabadas en una cinta de varios y de las cosas de las que no te olvidas. De la imposibilidad de cambiar tu vida, al fín y al cabo. Y es que un día gris decides no mover ficha y sales a dar una vuelta y morderte los labios. Orgullo y soberbia, aficiones, aflicciones y obsesiones, posters que te observan desde la pared, la importancia del orgullo mal entendido. Tú y yo contra el mundo corriente y moliente. Cuando el tiempo te lo haya quitado todo te acordarás de que nadie que haya amado sinceramente traicionará ese amor. Y si me buscas me encuentras, porque yo ya no me marcharé de aquí... Sí, todo esto está en el último LP de Comet Gain. Y a Everett True no le gusta y a Kiko Amat, sí. ¿Estás preparado para que te rompan el corazón?


Y al final son únicamente discos y sólo se trata de si son capaces de dejarte algún arañazo en el ánimo. En algún momento tenía que aparecer este disco en estas páginas; Comet Gain harán mejores o peores canciones pero siempre hacen música con actitud y con errores de bulto. Ya no importa si para muchos este City fallen leaves (Track & Field, 2005) se queda corto ante el ruidoso y punk Realistes, o para otros es un paso que les devuelve a las digresiones de aquel Tigertown Pictures, mientras para el resto se trata del punto intermedio y perfecto entre Magnetic Poetry y todo lo anterior, una síntesis accesible, una obra maestra... El caso es que es un nuevo disco de Comet Gain y lo esperas y sales a comprarlo y lo escuchas y lo devoras. Y a estas alturas, eso ya es un logro porque estamos todos resabiados por la edad y los programas P2P. Pero estos discos de esta gente los compramos por actitud, por pura fiebre indie. Por escuchar consignas. No vendas tu alma, y di SÍ al socialismo pop. ¿Es el mejor disco de Comet Gain? ¿Es el peor? No lo sé. No me importa.


David Feck y los suyos han hecho un disco sobre su imposibilidad para madurar. Y, de paso, sobre la nuestra. Más allá de las canciones (casi siempre anécdóticos vehículos para trasladar actitudes,ideales, angustias o ansiedades ya no tan adolescentes), han conseguido transmitir todo lo que representan la música pop y la cultura juvenil cuando la zarpa del tiempo empieza a hacer mella en ellas. Han hilado la banda sonora perfecta para aquellos que suscribimos que “son las cosas no las personas las que cambian”, como dijese Boris Vian. Una vez escuchamos a las Supremes y a los Go Betweens y creímos todo lo que decían; en aquel momento descubrimos una verdad inmutable. Algo que nada en el mundo podría cambiar y si el mundo cambia, peor para el mundo. Comet Gain han conseguido articular todo esto en 15 canciones, lo que no deja de tener su aquel. El mundo cambia, efectivamente, pero, si alguna vez creíste en aquellas canciones, tú no puedes cambiar como lo hacen las cosas. Así que, auí estamos, como lisiados psíquicos o idiot savants, escuchando a estos Comet Gain que cantan para todos los que pensamos que siempre habrá madres malvadas que te digan que los niños son los únicos que se ruborizan y la vida está sólo para morirse.

A Everett True, padre reciente, esta actitud le parece suidica, enconada, freak (ya lo dice en su crítica en el último Plan B); y se escandaliza ante tanta obcecación, ante esta negativa a crecer y aceptar los hechos tal y como son... Y es que, es cierto que este es un disco inmaduro, obvio, fácil, sincero, mediocre, inmediato, cabezota y enconado. Nada que ver con los correctísimos ejercicios de estilo modernos, ajenos a cualquier conflicto interior, que gustan a los treintañeros actuales. Definitivamente, Feck y los suyos se han quedado atrapados al otro lado del espejo y son perfectamente conscientes de ello. Han creído en las canciones eternas, en las cosas que no se olvidan, en la necesidad de no dormirse mientras suenen las guitarras y, tal vez serán libres de nuevo algún día, pero empiezan a intuir que es posible que sea poco probable. Es el fallo de esta música que amamos tanto: te puede atrapar para siempre en su limbo y, entonces, odiarás al mundo que, sin embargo, se mueve...


Plagado de fracasos, aquí se resumen las mil razones para odiar la música pop en tanto en cuanto que paraíso con fecha de caducidad (Days I forget to write down, This english melancholy, Daydream Scars) y las mil razones que hay para amarla en cuanto que instante eterno que puede hacer que todo cobre un sentido trascendente en la fugacidad(Just one more summer before I go). Es el testimonio de aquellos que no pueden dejar de creer en lo que creen, aunque sea ridículo o inadecuado. Ese orgullo del desatino aparece tan remarcado en Ballad of a mix tape (we felt so proud to be underground), que daría verguenza ajena si no fuésemos capaz de ver, en esas frases berreadas, ideales en los que una vez nos reconocimos de manera absoluta. Desesperación y orgullo en cada canción (hay que descubrirlas, no vale que las contemos aquí)... ¿Un sonido obvio? Sí, es muy posible, pero así son esas cosas. Imposibilidad de rendirse porque, como les sucede a los personajes de los cuentos infantiles y juveniles, llega un momento de la historia en que no puedes volver atrás. Y esta situación también tiene su trampa y su cartón. Aquí aparecen juntas la grandeza y la pequeñez de la música pop. Como aventura y como engañifa pueril que es posible que contribuya a hacer la vida un poco más roma. Sí, nos sentimos tan orgullosos de ser underground, ¿y...? Sólo Comet Gain, con su combatividad y su férrea fé en el pop podía reflejar esta dualidad tramposa con espontaneidad y alma. Qué duda cabe que, a veces, en el trazo grueso puede estar contenido todo el mérito de un disco.


Efectivamente, hemos intentado no olvidarnos, mantenernos despiertos, pensar y movernos continuamente... pero los chicos en el club siguen hablando del amor y la poesía y no sirve de mucho, la verdad. Y esta es la angustia que Comet Gain dejan entrever aunque finalmente acaben por decir SI al socialismo pop y a la revolución, no vendan su alma y reconozcan que no pueden esconder su amor para siempre, ahí están las mil razones para odiar esta música que nos ha hecho ver el otro lado del espejo y nos ha enamorado hasta el punto de no querer regresar jamás. Y ni las canciones son redondas, ni el sonido es el ideal, ni toca dan Treacy como pone en los títulos de crédito. Pero eso, como habrán supuesto unos y otros es lo de menos porque aquí están dichas las verdades que nos quitan el sueño y cantadas con melodías que podemos reconocer porque las hemos oído toda la vida en nuestra cabeza. Y nadie más que ellos tienen, en este momento, derecho a hablar de nuestros corazones rotos, y si lo tienen es porque los nuestros y los suyos se parecen mucho. Y, al final, ésas cosas son las que hacen que te guste un disco, aunque las canciones no vayan a ser perfectas nunca más.