
Así son los requisitos exigidos a las leyendas; vivir en un teritorio de ficción, desaparecer y no regresar de las tierras umbrías donde se resuelven los sueños. Una leyenda no puede reclamar derechos propios del artista, no tiene por qué disfrutar de libertades creativas o licencias poéticas. Son moneda de cambio, un objeto de ficción que está obligado a ser sacrificado para generar la alquimia de lo insólito. Por eso, la reacción más fácil ante este nuevo LP de Kikí d'Akí (Villa Flir, Siesta 2006) sería recorrer los dos caminos que propone habitualmente la nostalgia; uno sería el del elogio ciego, la celebración del fan al que le basta el eco luminoso de la estrella extinguida hace ya años para excitar su imaginación. La otra posibilidad sería transitar la senda del despecho, afirmar que se trata de una traición a un pasado quebradizo. Odiarlo y guardarlo también en el cajón.
Pero, al final, uno no puede vivir cerrando cajones eternamente. Las cosas cambián y, en cierta medida, es un alivio pensar que las anomalías no se repiten siempre y permanecen ajenas a los tránsitos terrenales. Y hay una Kikí d'Akí que, si es precisamente algo, es ajena, ligera y ultraterrena. Esa cantante no va a volver y nadie podrá encontrar su presencia en este disco en el que no hay angustias ni nostalgias que valgan. En sus surcos uno encuentra, tan sólo, una sencillez enervante. La primera escucha es decepcionante. Éste es un disco que crece con los días; como los días soleados y las tardes de lluvia se extienden por el ánimo, por emplear tropos propios del género indie. Es un disco que arrastra al oyente hacia unos terrenos de voluptuosidades domésticas alejadas de la leyenda. Aquí no hay sentimientos peremnes, no hay fijeza o grandes maneras artísticas. Al contrario, Kikí y su marido, Sergio López de Haro, se dejan llevar por la tranquila seducción de lo efímero y lo falible. La clave de interpretación está en la canción Si hace sol, una oda sensual y estoica propia de la despreocupada placidez de las cosas transitorias.
Baladas delicadas como La sombra del rosal, canciones como Qué más da, se acomodan poco a poco al oído según se avanza en la escucha. La almibarada facilidad de la producción de Guille Milkyway otorga una exhuberancia veraniega al conjunto que favorece que el disco aparezca entrevelado con un hálito de intrascendencia y ociosidad agridulce. Aquí no hay sucesos importantes ni visitas de ultratumba. Hay incluso canciones insulsas y saltarinas como Hoy te vi y guitarras de sospechoso y poco defendible aire progresivo como las de Metrópolis. También hay que decir que es un disco sin malicia, no está pensado para agradar a unos u otros, ésta es precisamente la salvación de algún que otro momento discutible (y me refiero a algunos ensueños de guitar hero, alguna reminiscencia ligera pero patente de Stairway to Heaven o a la canción que da título al LP y sus guitarras robadas a Santana, cosas así de incorrectas).
Se que muchos se echarán las manos a la cabeza cuando lean esto, pero a mi este disco me ha gustado. Al final me ha gustado, sí. De alguna manera, la desconexión de Kikí d'Akí con respecto de su propio mito la deja desvalida artisticamente, pero también sitúa sus pequeños logros en escalas más humanas: las de las sensaciones simples y plenas. Y es simple y plena la sensación que produce la escucha de este Villa Flir. Para muchos será un disco horrible, una traición una muesca más en la quiebra de una leyenda; algo que enturbia ese cristal pristino que representa La Movida y a través del cual insistimos morbosamente en mirar nuestra música pop. Bueno, son cosas muy distintas. Aquella Kikí ya no pertenece a nadie, ni siquiera a la propia María José Serrano... a veces las personalidades múltiples del pop juegan de manera extraña sus cartas, esta Kikí es una mujer diferente, vive de espaldas a su propio mito y ha facturado un disco sencillo que, si no viniese amparado y fagocitado por el nombre legendario, pasaría discretamente por unas pocas manos y sería difrutado en días tranquilos y en horas muertas y calurosas por muchos de los que lo criticarán. Así son los dobles filos de la posteridad.
Pero queda una moraleja con respecto a la posteridad de Kikí. Este verano pasado, en la piscina de Vallehermoso, mientras intentaba sortear el calor de hierro de la tarde madrileña creí entrever la cara conocida de una mujer menuda y con aspecto frágil que se acercaba al agua. Cuando me quise dar cuenta, me percaté que se trataba de Kikí d'Akí. Pensé en acercarme y saludar; por alguna razón no lo hice. Tal vez entonces intuí que Kikí d'Akí no existe; al menos no aquella que conocimos gracias a un saldo monumental de Nuevos Medios en la feria del disco de Recoletos. Aquella mujer parecía no tener mayor interés en responder en nombre de una leyenda que nunca ha invocado. Yo, en ese caso, poco tenía que decirle. Tal vez el verano próximo pueda felicitar a María José por haber firmado con el nombre de otra persona un disco discreto y hermoso y por haberme hecho pensar en que no siempre debemos desterrar al fondo del cajón aquellas cosas que cambian de sentido y significado con el paso del tiempo.
Escucha a Kikí d'Akí:




















