Una manía que a veces se ve recompensada. En los últimos días, pensaba más de lo normal en los Jazz Butcher. Un par de posts recientes, escritos en un blog amigo, sobre la banda de Pat Fish me habían traído a la memoria el día que compré el Distressed Gentlefolk, en la madrileña tienda La Metralleta. El aire de farsa, grandeza y misterio que siempre ha acompañado la trayectoria del grupo del señor Fish me ha mantenido enamorado de su música hasta nuestros días. La aventura emprendida por el Jazz Butcher y Max Eider tiene el honor de ser, posiblemente, la más insólita, heroíca, desatinada, demente y profundamente heterodoxa de cuantas se pueden recordar en la música británica de la década de los ochenta. Esto lo comento siempre con nuestro habitual, M.E.H. Compartimos pareceres sobre la peculiar épica del Jazz Butcher y, ocasionalemente, miro con sana envidia su colección de discos del grupo de Northhampton. Cuando piso una tienda nunca dejo de rebuscar, a veces hasta que la punta de mis dedos ennegrece con ese peculiar polvo que acumula el vinilo, en el apartado de la letra "J".

Hacía tiempo que no pasaba por La Metralleta. La subida de los precios y el aburrimiento de tener ver siempre friquis viejos, como de Alta Fidelidad, me había apartado del sótano de la Pza. de las Descalzas, tradicional lugar para comprar discos baratos. Fue Federica Pulla quien insistió el otro día para que bajásemos a las tiendas más tiradas de Madrid en busca de discos de ocasión y, si se terciaba, de colección. Y, mira por donde, resultó ser una de esas tardes en las que aparece el vinilo deseado. El maxi Conspiracy, firmado al alimón por Jazz Butcher y Max Eider había poblado siempre mis sueños. Lo había visto a precios relativamente prohibitivos y había pasado de comprarlo; no en vano ya había conseguido hacerme con una edición del divino The gift of music de Glass Records a buen precio. Conservaba la esperanza de que apareciese entre la morralla y la escoria sonora que se apila en nuestras tiendas. Y, mira por donde, mientras Federica y Mr. T paseaban por la sección artistas internacionales, no se qué me dió por rebuscar entre los maxis de baile cochambrosos y ochenteros que es costumbre apilar en el suelo, como si fuese basura o cachivaches viejos. Alguno de mis lectores encontrará censurable que ponga esto por escrito, pero me dió un vuelco el corazón cuando aparecieron Fish, Eider y sus gafas de sol, chulescos y burlones, de detrás de la playa ácida y terminal de un caribe mix. Por el precio de un euro, además.

Esa tarde econtramos múltiples discos interesantes, algunas joyitas y, no tantas, joyonas, como quien dice. Pero aquel que he escuchado con más ilusión estos días ha sido este maxi-single. Me parece increíble por muchas razones, que paso a resumir. En primer lugar, las pintas que tienen en la portada Eider y Fish son buenísimas y demuestran que, hasta el año 88 estuvieron en lo más alto del cotarro del pop independiente. Y sin tener que ponerse cardigans ajedrezados, ni sombreros. El hecho de que lo firmen juntos demuestra el buen entendimiento que había entre estos dos tunantes, una conexión que ofreció canciones insólitas e intrigantes duante muchos discos. La canción Conspiracy es una muestra del talento de Fish y de su delirante ignorancia o desprecio de las mínimas normas de corrección artística: una suerte de rap que oculta una canción hermosa. Una ida de olla, pero con mucho talento de por medio. Peter Lorre es una de esas mitómanas y divertidas odas que se marca el Jazz Butcher con talento, candidez y gracejo y con las que rinden homenaje a otro asombroso y olvidado maestro al que la historia relegó al papel de segundón. Tiene un punto profético. Las otras dos canciones son preciosas, clásicas e indiscutibles. Todo tiene ese aire de precisión pop que sabe dar Pat Fish a la música cuando le secunda Eider. Que cada uno tenga, en la galleta de cada cara, su foto también mola; da un aire de camaredería y de triunfo compartido. Un split de dos miembros de un grupo que se lo pasan bien haciendo canciones. Un triunfo también encontrar este disco. Me ha dado mucha alegría, la verdad, porque tenía muchas ganas de tenerlo de verdad, no bajado de Internet o las canciones en un recopilatorio (Fire sacó uno con sus mejores años en cedé hace no mucho). Qué felicidad.

Porque, al final la felicidad instantánea es lo mejor de ir de tiendas de discos. Nada podrá sustiruir este subidón momentáneo que te deja flotando y que tiene su punto culminante cuando la aguja se posa en el surco del vinilo (o el láser roza el plástico del cedé, que tanto me da). Te gastas más dinero y pillas peores discos que por correo, porque calculas menos. Pero, hay que reconocer que molan más los discos cuando se parecen a los sueños; aunque la realidad demuestre, como siempre demuestra, que no se parecen tanto o no siempre. O no se parecen nada. Y que, para según qué cosas, es mejor no perder el tiempo y que te llegue un paquete certificado. Pero, como este no es el caso, yo estoy tan contento con mi disquito.
















