31 mayo 2006

Fluorescencias y raptos al comienzo del verano


Como cada vez que se anticipa el verano, el calor no trae tanto satisfacciones ni sensualidades como una luz abrasada, un clima de asfixia en el que se diluyen el agobio y las prisas y esa tradicional ausencia de revelaciones de la que tanto presume la que dice ser una de las ciudades más dinámicas de la inter-zona post-tropical Europea. Sin embargo, hay otras maneras de mirar a las partículas lumínicas; maneras no tan huérfanas de lirismo. Más allá de la sobredosis de ozono y de la tristeza estática del smog hay otros raptos y otras miradas en torno a la luz, al verano y a la revelación. José María Sicilia y The Tyde no tienen por qué ser necesariamente complementarios en su aproximación artística hacia el mundo lumínico. Y precisamente, por ello pueden servir para detectar esas otras fluorescencias que la excesiva dósis de transparencia y aridez en el aire que nos rodea impiden ver.


Precisamente, la visión de Sicilia siempre se ha caracterizado por una correcta y minuciosa observación de las posibilidades de duración y eternidad que residían en las luminescencias tenues, veladas y en las claridades difusas. Dotada de un lírico sentido de trascendencia, siempre ha hecho gala de una inclinación por descubrir el tiempo potencial de la eternidad. A veces hasta caer en lo cursi, de puro sutil e inteligente. No obstante en estos Eclipses, que presenta a la vez que llega el calor a la ciudad, las discretas flores de aire se ven sustituídas por una fragmentación ácida de la trascendencia. Sicilia busca una luz cruda, salvaje y matizada en la que las partículas sentimentales se descomponen en una suerte de azar psíquico que, si se aleja del misticismo es para caer en una suerte de paroxismo pretendidamente abrasivo. Una complicada carambola que contrasta con el tercer LP del combo de Los Ángeles liderado por Darren Rademaker. Si el pintor se deja llevar por una suerte de disciplinado abandono artístico en pos del fotón inspirador, The Tyde buscan atrapar la facilidad de una luz sin fisuras. Donde uno busca el misticismo reflexivo y acude a las fuentes trascendentes, los otros se dejan llevar por la sencillez de olas de sinceridad haciendo alarde de una calculada facilidad para dominar las claves secretas de la espontaneidad y los humores artísticos.

Los cuadros de Sicilia, son menos alambicados de lo que se hubiese esperado. Entrega un cierto tributo al caos. Deja que sea aquel el que convoque una luz subatómica que cuide de la descomposición de la mirada. Cera, miel y óleo componen el cuerpo de esta ecuación milimétricamente diseñada para convocar una eternidad pretendidamente azarosa y efímera. Manierismo de lo aleatorio, en suma. El tercer LP de The Tyde, por el contrario, renuncia a la elaboración dejándose llevar hacia la facilidad melódica y la simpleza absoluta. Donde el pintor se fuerza alcanzar la inconsciencia, los músicos surferos son capaces de arrastrase por sentimientos sencillos, nadar hacia la nada y preguntarnos, tan solo, si queremos ir a la playa con ellos.


Curiosamente, en ambos casos se conjura una simpática fluorescencia, dimetralmente opuesta pero muy similar. En ambos casos, está detrás esa otra vida que aparece como resultado del inevitable colapso artístico en uno y otro caso. Para Sicilia, el mapa vegetal y exhuberante que traza se convierte en un dédalo que le enamora hasta el punto de hacerle perder pie entre torbellinos y espejismos de psicodelia poética. Son precisamente estas dulces complejidades las que hacen que la revelación buscada no aparezca. Tal vez la verdad más enorme de estos cuadros resida en el descubrimiento asombroso de que, una vez conjurados, los fuegos de la creación pueden volverse fatuos y así y todo no perder su hermosura. Para los Tyde, la exhibición de amor propio y joie de vivre les conduce a seguir con brío y sinceridad la facilidad de la brisa marina; y así, mecidos por una satisfacción primigenia y esencial de parálisis gozosa caer en un dulce silencio pleno de recogimiento. Paradojas entre la alta y la baja cultura, en suma.


En el caso del pintor, los anhelos y tensiones puestas en una revelación que no llega, provoca el ensimismamiento narcisista, la obsesión con los coágulos de colores. Flipa, en suma. Para los músicos angelinos, por el contrario, la relajación absoluta, lejos de conducirles a un disco instantáneo como promete en las primeras canciones (incluso de una facilidad un tanto enervante) les va llevando por derroteros más tornasolados hasta el abandono total en una marea luminosa colmada de gracia y una simpleza cercana a la beatitud. La revelación, como quien no quiere la cosa.

Nadie puede negar que José María Sicilia ha culminado una hermosa exposición, ni que los Tyde han hecho un disco muy bonito. No obstante, en uno y otro caso, parece sobrevolar un burlón ingenio que, entre el bochorno, conjura revelaciones imprevistas al tiempo que nos remite a esa sentencia de Sterne que recordaba que “la perfección tiene un límite hasta el cual puede el hombre llegar, pero si pretende llegar más allá no logra sino cambiar de cualidades, nunca adquirir otras”


El nuevo disco de The Tyde, Three's Co. está editado por Sinnamon/Rough Trade. La exposición Eclipses de José María Sicilia puede verse hasta el día 17 de junio en la Galería Soledad Lorenzo (c/ Orfila,5) de Madrid



26 mayo 2006

Místicas y envidias en torno al microsurco


Dentro de su acertada política de expandir los márgenes de la experiencia artística a otros recorridos culturales limítrofes, el tranquilo y mediterráneo Museu d'Art Contemporani de Barcelona (MACBA) presenta una peculiar historia de la envidia. La exposición Vinil! Discos y carátulas de artistas, se plantea como una exploración aproximativa a las ambivalentes relaciones entre arte y música pop. Sin tener un ánimo exhaustivo, la muestra transita por la mayoría de las intersecciones entre lo sónico y lo artístico, dejando retazos de múltiples relatos inconclusos a lo largo del recorrido. En resumen, la muestra esboza una hermosa historia de amor, tal vez odio, seguro que envidia entre la alta cultura y la cultura popular, dejando la resolución abierta y las moralejas suspendidas entre el espacio difuso que queda entre el estribillo pegadizo y el silencio vanguardista.


Desde el mismo momento en que el gran Caruso imortalizase su cristalina voz en aquellas roadajas de grueso vinilo, dejando congelados unos instantes de fugacidad, la alta cultura empezo a perder la batalla por los sueños de la humanidad. Desde aquellos primeros instantes, la industria del disco, con tanta o mayor intensidad que el cinematógrafo, fue capaz de iluminar, a lo largo del siglo XX, los sueños, de súbito masivos, de una humanidad que se adentraba en la extraña aventura cultural en la que andamos todavía hoy absortos. Masificación, auterreferencialidad, abstracción, fragmentación y banalización como elementos desechables de nuestras místicas de lo efímero. Primero el jazz, más tarde el rock and roll y finalmente las explosiones pop, llegaron más lejos que el arte en el camino que iniciase Mallarmé hacia la deconstrucción y autodestrucción de la forma como requisito de la sensación pura.


Desde aquellos primeros momentos, el arte miró con deseo al mundo del sonido, primero fascinado por su capacidad de romper formas establecidas, más tarde envidioso por vestirse con elementos visuales capaces de impactar de manera decisiva en el imaginario común de una nueva masa de consumidores de soluciones espirituales y utopías suburbanas cuyo surgimiento había sido previsto, pero no calculado por la Alta Cultura.


Por ello, es acertado el enfoque de esta exposición en la que se transita del rock a la música de vanguardia sin problema alguno, retratando la relación global entre el mundo del arte moderno con el mundo del sonido moderno. Desde las primeras incursiones de esos ruidosos dadaístas, o de un Jean Dubuffet que, buscando una conexión con ese hombre de la calle artista, se calza un saxofón, hasta los conocidos grafismos de Raymond Pettibon para Sonic Youth o Black Flag, pasando por las aventuras warholianas y las bandas de modernos pintores actuales (The Alma Band o los discos en solitario de los hermanos Oehlen), la mayor parte de los capítulos esenciales de la historia están aquí representados. Intersecciones sonoras y visuales se suceden; así, es curioso ver cómo, mientras los músicos pop se arropan del arte para envolver de prestigio cultural un producto finalmente de consumo, artistas como Beuys (artífice de la adptación socialdemócrata del liberal pop-art, por otra parte) recurren a la alquimia pop en busca del paroxismo comúnal propio delos rituales de la cultura de masas. Aquí están (por supuesto) los incios del ruidismo, las peculiaridades y locuras de vanguardistas patrios como Juan Hidalgo y sus divinos Zaj o las curiosas experiencias musicales mutantes de John Cage, los poetas beat, los pintores locos o los guitarristas No Wave. Para fans del arte y del rock hay el suficiente material de curiosidades, memorabilia y, sobre todo, fascinantes y hermosas cartulinas de 30x30 y círculos de plástico negro que han poblado de ruído y arte nuestros sueños. Mención aparte merece la sección El ámbito español donde se expone con detalle el asunto de Nazario y Lou Reed, se descubren las incursiones de Ceseepe como portadista de pop exquisito (o no tanto) o se disfruta de una portada del Dioptría de Pau Riba customizada por, de nuevo, Nazario. Ausencias hay algunas curiosas (¿por qué no hay un poquito más de art rock?), pero las suple con creces el monumental volúmen de material disponible para que disfruten, a partes iguales, el vanguardista y el roquero. Y no digamos ya el roquero vanguardista.


Porque en el fondo, todo hombre del siglo XX, en mayor o menor medida, lleva dentro de sí un artista y un roquero. Algo que descubre el visitante al pasear encantado por estas salas. Y a ese sentimiento hermoso es al que apela esta exposición. Esta es la crónica de ese deseo de fascinación y utopía que se ha intentado de manera, a veces tan peregrina, colmar desde ambos ámbitos. Una exposición que permite, además, comprender que una parte muy grande de la batalla la gana con creces el fascinante, inquietante y estiloso rock and roll con su imagen fácil y, aún así, estudiada; con su nervio visual, rítmico y mental. Por ello, quien quiera, va a poder leer entre líneas la historia no tanto de un encuentro como de un anhelo alimentado por la envidia. La narración del ansia sufrida por un arte moderno que, reinando en la alta sociedad, contando con un aparato crítico insólito y una capacidad de llevar lenguajes propios y ajenos hasta límites insospechados, es incapaz de maravillar, enamorar y obsesionar en la medida en que lo hacen los tres minutos contenidos en una canción pop. Hermosa historia ésta en la que un programa utópico de liberación espiritual (toda la vanguardia del pasado siglo XX lo es, que no se engañe nadie) resulta futil ante las descargas eléctricas de una música capaz de hacer del sincretismo algo más que un mero crisol, para transmutarlo en materia de sueños breves y, en consecuencia, eternos. Una historia sin moraleja en la que, a pesar de su derrota, los artífices de dichos programas de salvación cultural se descubren soñando que la sensualidad fácil del microsurco resulta más atractiva y seductora cuanto más imposible es su traducción a complicados postulados culturales.


La muestra Vinil. Discs i caràtules d’artistes puede verse en el MACBA hasta el 3 de septiembre de 2006.

19 mayo 2006

The Research y The Concretes o la crónica de una primavera en el overground


No siempre se pueen p
edir milagros al otro lado de la tapia de casa. Independientemente de que nos duela más o menos esta España nuestra, la industria mundialde comercialización de contenidos sigue haciéndose con más y más segmentos de mercado a fuerza de llevar a sus últimas consecuencias el estilo alternativo-comercial. Los departamentos de marketing cultural están que arden; habiéndose subido al carro de la ficción multirreferencial y la utopía de la calidad total, viven sus mejores momentos. Ni siquiera la piratería impide que los Arctic Monkeys o los Spinto Band sean un éxito de público y, sobre todo, de crítica; así que el overground, sin demasiados rivales ya, se ha lanzado a la conquista de la posición dominante. Con el fín ultimo de ser el generador único , y no solo un mero distribuidor monopolístico, de la cultura juvenil planetaria.


Sobre todo ahora que la mitad dominante del planeta necesita olvidarse de la forma de la pirámide de población por la cuenta que le trae, es el momento de recuperar juventudes perdidas, ajenas y ficticias. Gracias a los quintacolumnistas de la revista Mojo, podemos disfrutar de una treintena dorada que nos ofrece música de calidad con hermosas coartadas fake-teen sacadas de la historiografía rock. Es el maisntream hecho a nuestra medida, así que ¿por qué no disfrutarlo sin complejos de culpa? Sí, es cierto que alguién podría seguir luchando con una cierta dignidad contra el ogro corporativo pero, cuando hasta Calvin Johnson se ha rendido y promociona a sus grupos en MySpace, ¿qué nos impide sentarnos y disfrutar de este final de la ética juvenil? Realmente, nada. Así que vamos a dejarnos de melancolías e intrahistorias y a disfrutar de las penúltimas joyas pop que nos trae el Sistema: The Research y The Concretes . Inconvenientes ofrecen muy pocos (tal vez una notable falta de carácter, lo que no es demasiado dramático ya) ¿Y ventajas? Además de que les puedes olvidar cuando quieras, todas estas...



The Research son un trío de Wakefield, Leeds, que no emplea ni una sola guitarra eléctrica. Para Plan B son el colmo del pop indie; en realidad, la nueva sensación de la EMI para poner música a un verano de amor, desamor y melancolía. Cuando te abandone en mitad del festival de turno esa chiquita o chiquito tan pintón y tan moderno, siempre te quedará su primer LP (Breaking Up) grabado en tu iPod nano. Este trío formado por un pajero con gorra de beisbol que toca el casiotone, una bajista de portentosa imagen y una rubita batería han conseguido sonar como la mezcla pluscuamperfecta entre Blondie y Stereolab. Te quiero pero tengo miedo de chafarlo todo, es el leit motiv de un disco plagado de canciones que merecen estar muy de moda este estío. Y yo les quiero, aunque tengo miedo de que me dejen con tres palmos de narices en unos meses. Así son los desencuentros. True Love Weihgts, I bet if we kissed, Love me tender o The way you used to smile... bonitas, modernas, canciones intrascendentes que tienen su cénit en el super-single Lonely hearts still beats the same. Me quieres, no me quieres; no se si podré cambiar, los corazones solitarios laten igual que el resto: es biológico (it's not romantic / it's just automatic); y los discos de temporada te salvan un verano, c'mon cameleon. También es biológico. La maravilla de la historia es que olvidarás a ese chiquito, no pensarás más en ese festival y borrarás de tu iPod nano estas canciones tan hermosas con las que lloraste y soportaste la canícula y... ¿no es esa la magia del pop de gran consumo?



The Concretes son otra historia porque son suecos. Para empezar, la imagen es desastrosa de puro indie y neo-liberal que resulta; esos chavalotes casualmente vestidos de modernos, esas niñas con flequillo y cara de raspa, esas maneras de listos de la clase ... vamos, que hay que hacer de tripas corazón para no sentirse culpable al escuchar su perfecto pop orquestado. Primaveral, goloso, rutilante y sin la modesta pretenciosidad de los británicos, su LP In colour es, todo él, un puro un ejercicio de estilo. De sebastianismo neo-hippie, en concreto. Mucho más logrado que el horror de los Magic Numbers o la farsa trágica de los citados Spinto Band, además. Así que, mientras los modernos se distraen con The knife, el resto de mortales tenemos que aguantar los remordimientos de conciencia por traicionar la autenticidad de Essex Green esuchando estas cosas de una hermosura insulsa pero gratificante. Porque, se mire por donde se mire, el disco tiene canciones sobresalientes como Chosen One, Sunbeams o incluso la, en el fondo estupida, Song for the songs. A veces uno no se puede negar a estos encantos. Si el disco de The Research es la perfecta y desechable banda sonora para un caluroso verano de confusión y desamor, The Concretes pueden acompañar una condescendiente primavera con una suerte de radio-fórmula after-indie repleta de canciones preciosas que distraen sin hacer daño. Curiosamente, son otro producto de EMI. ¿Pensada estrategia de gama o mera casualidad?


Bonitas canciones en ambos casos. Perfecto pop repleto de estrofas, mágicas en su vacuidad. Porque, a pesar de todo, escuchando estos discos uno no deja de preguntarse si no merece la pena, a veces, dejarse mecer por estos cantos de sirena. A fín de cuentas, es un placer inmediato, reativamente amable y poco costoso gracias a las redes P2P. Cuando el indie ya es masivo gracias a las aplicaciones domésticas de distribución planetaria instantánea ¿no nos trae la dulce intrascendencia del soma de multinacional un recuerdo de aquellos tiempos en los que la masa era homogénea y la radio se deshacía en odas a la caducidad juvenil? Posiblemente, pero, hay algo que nos chafa esta primavera overground: y es que, al es fijarse mejor en estos grupos, uno ve lo lejos que están cronologicamente de desengaños, inocencias y entusiamos juveniles. Trampas, cartones, resabios que borraremos de nuestros pequeños reproductores mp3 cuando nos demos cuenta del engaño. Sin embargo, qué bonitas son esas primeras semanas pletóricas de tontería y estribillos, cuando uno todavía está lejos de la anunciada decepción ¿verdad?

14 mayo 2006

Los límites de la realidad

Extraños Punsetes. Su peculiar mezcla de costumbrismo arreal, siniestrismo local y un paradójico humorismo sigue constituyendo un misterio en nuestra actual y difusa escena. Así, con su segunda maqueta avanzan en su deambular hacia el corazón de la tiniebla mental nacional. Crónicas de la mendacidad y el hastío que llevan al oyente a preguntarse si estos Punsetes son genios avanzados o unos chavales cenutrios que, de manera incosnciente y azarosa, están consiguiendo sin pretenderlo, hilar más fino que nadie.


Los Punsetes y Karpov se esquivan. Habiendo perdido una vez más la oportunidad de verles en directo (dos ocasiones fallidas en las últimas dos semanas), escucho de nuevo su segunda maqueta con atención, en parte, gracias a la decepción expresada por la simpática editora del blog-zine Fuck me I'm Twee. Esquivos y paradójicos, Los Punsetes nos han salido por la tangente con una maqueta más oscura, menos agradecida en cuanto a melodías, estribillos y soniquetes. Pero, al contrario de lo que piensa nuestra apreciada indie-popster, no supone una transición en espera de algo mejor sino un escalón más en el perfecto retratro de la modorra psiquica, que está dibujando en sucesivas canciones esta extraña banda. Una maqueta, en cualquier caso anómala, en la que el grupo se muestra más oscuro sobre su intencionalidad última. Hay doble sentido en todo esto, pero no queda muy claro cuál es.


Banalización de la frustación vital. Ambigüedad en esta España, ya no tan negra, pero demasiado gris, que ha sustituido las panderetas por las recopilaciones de los Pixies. Cretinismo, frustaciones, desencuentros, cainismo y estas cosas que hacemos en la ciudad española (esa constante obscenidad, como la llaman ellos). Menos pop que en aquella primera ocasión que tuvimos de escucharles; más oscuros, un poco más indie-roqueros, un punto vulgares, muy brillantes. Esto son los Punsetes en su nueva versión. Ya lo dicen ellos, lo peor de la natación es que todos nadan mejor que yo. No están descubriendo la rueda. Están narrando la crónica de la irrelevancia nacional. A base de ironía chunga, autismo críptico y un esteticismo tuno absolutamente desconcertante.


Porque Los Punsetes no son los nuevos TCR. El idealismo que albergaban los de Barcelona en sus apasionados corazones se disueve aquí en una crónica más voraz y más negra. Menos ira, sustituída por una suerte de hastiada perplejidad, es lo que encontramos en Los Punsetes; una perplejidad que puede resolverse tanto con la broma de trazo grueso como con el hallazgo lírico. Menos frustación y más humor de pandilla madrileña. Más rock para acompañar una suerte de celtiberia-grunge y, aún así, el máximo de refinamiento en letras y apreciaciones. Extraños, Los Punsetes estos. Extraña maqueta que se abre con la críptica Los Gordos, que bien podría ser un retrato del pajero español. Una maqueta hecha ni desde dentro ni desde fuera, ya decimos, porque Los Punsetes siguen empeñados en dejarnos claro los límites de nuestro ocio mental; ahí tenemos esa Teoría de la clase ociosa, turbadora oda a las conexiones entre hastío y ansiedad. O ese tremendo retruécano a cuenta del principio de realidad freudiano que es La dificultad que encierra.


Otra iniciativa irrelevante de Los Punsetes, en suma. Otra iniciativa de brillantez incalculable envuelta en tonos ocre y mate. Con un excelente Sonido de los Noventa arropando el invento, la ambigüedad entre el mal rollo español y el requiebro costumbrista no llega ni a lo cómico ni a lo trágico. Y eso descoloca al oyente. Porque Los Punsetes lo que si que hacen es asumir que ésto es lo que da de sí un grupo de rock español y ésto es lo que da de si la realidad cicundante; chuscos y brillantes, en consecuencia han cuadradado el círculo como hacía tiempo que no lo hacía nadie por estos pagos. No vamos a tener mejores maquetas que éstas, en realidad porque no tenemos un panorama mucho mejor que el que cuentan Los Punsetes. No nos engañemos, cuando la realidad nos despierta del ensueño indie, caemos en dinámicas de odio social similares a las narradas con acierto en Topacios y jacintos. Que nos lleven los diablos, en resumen. Pero el caso es que ni nos llevan, ni nos dejan de llevar.


Como siempre, los curiosos pueden acudir a www.lospunsetes.com para decargarse las canciones, las fotos, las letras. Los más esforzados se pueden dar un paseo hasta la tienda BANG! y comprar el cedé en formato real.

05 mayo 2006

Los KAKEN y Las Pulpas en vivo



Y en directo. El gran salto adelante; o lo que viene a ser lo mismo hype o muerte ¡Vaya momento!

KAKEN está vivo. La autocrítica, la autocrónica

Esos KAKEN que se presentaron en vivo en Madrid, acompañando a unas Pulpas imparables, una noche plena de conciertos y eventos modernos. Un concierto mítico a decir de los fans más irredentos; una aventura peculiar, sin duda, que consolida el salto hacia el otro lado del espejo... ésta es la autocrítica y autocrónica desde detrás del teclado del los KAKEN de uno de tantos conciertos de los que se suceden estos días en la capital.

Sin ser demasiado supesticioso, uno no puede evitar sentir unos relativos nervios al jugar con los misterios del rock. Cuando, desde chiquitito ha venido adorando, desde esa ambigüa combinación de distancia e intimidad, a esos dioses menores de la cultura popular, siente que alguna maldición digna de la momia caerá sobre él por mirar dentro de las tripas del juguete del rock. Un año y pico de ensayos en locales, en casas, en otros locales y el resultado es estar aquí en la prueba de sonido escuchando a un técnico de sonido místico decir “es el momento de que cada uno cuide de sí mismo y de los demás”. Algún dios punk debe estar tentado de enviarnos unos cuervos a que nos devoren los higadillos por hacer chispas con el fuego mágico de la cultura pop.



A pesar de todo, la magia tabién tiene sus cosas. KAKEN hoy son el primer grupo, y el técnico despacha la prueba sin prestar mucha atención a la guitarra. Nervios: menos mal que tenemos chicles; el pánico escénico se convierte en una actitud adusta. Es una timidez after-punkie. ¿Oscuro? Tanto como las canciones; seis construcciones oblicuas, contradictorias, pegadizas... Esto es el sonido de los KAKEN, con su peculiar manera de aproximarse a lo lados más atípicos de la normalidad impuesta. Decisiones particulares, enmascaradas en melodías habituales. Canciones rotundas y estéticas difusas. Utopía y descreimiento. Poesía y anticapitalismo ¿la contradicción entre ética o estética? ¿La revolución? Canciones redondas... ¿quién dijo miedo?


El caso es que antes podemos dar un paseo entre un público amigo y curioso. Muchos han escuchado retazos de las canciones. Y, ¿cómo daremos en el escenario? Todavía no lo sé. Tampoco hay tanto tiempo cuando uno se sube allí arriba; todo se precipita. Aires políticos, la primera, una versión de los Phono. Todo sale bien, parece. Cambian los colores de los focos, es increíble; es una versión de Derribos Arias, La chica del Brasil. Debemos estar serios, las canciones son sobre ventajistas, infraseres, comunistas e infiltrados, esos millonarios angustiados que gobiernan nuestras mercancías y nuestros intercambios... Atípicas y utópicas; pero sin perder un algo de invitación a la camaradería o un prurito de ética rock. Estas son las canciones que hay que tocar. Tienen algo de justo. Son nuestras canciones, al fin y al cabo. Hay que mantener el tipo en su honor. Ya que las canciones se mantienen sin fisuras a pesar nuestro. También está muy bien que haya quien escriba estas canciones, y que estén al lado de uno cuando se sube sobre las tablas. Qué guapo que cambien las luces de colores, además. KAKEN en vivo. ¿Estaremos sonando bien? No del todo, yo me columpio un par de veces más de lo que hubiese debido. El rock es así, qué difícil, qué faena. Eso es todo, muchas gracias.


¿Y qué va a ser de KAKEN, después de esto? Las Pulpas tocan con efectividad y salero su repertorio. Inmediatas, frescas, festivas... melodías de indie-pop, serpenteos sensuales hacia un rock simpático. Ültimo concierto del Barón Dandy, guitarrista rítmico, despedida de Ros Murray que marcha a grabar con Electrelane. Así es el pop, pese a lo inmediato, fugaz, y transitorio, sigue su curso implacable. También cansa, tanto como trabajar. Si lo viese Pavese... Las Pulpas siguen su fiesta en un concierto mucho mejor que aquella primera presentación en el Ladyfest; poco a poco se están conviertiendo en una eficiente all-girl indie band con proyección trascontinental. En este entorno, KAKEN son acertadamente diacrónicos. Con un ritmo propio, marcado tanto por la incertidumbre como por la relativa tendencia a creer en el azar, o en la música de las esferas. Seis canciones en total, lo que no indica mucho, como dirían los más exigentes. Aunque, desde detrás de las teclas de los KAKEN, no se aprecia la forma exacta de la autoexigencia. Menuda pregunta, entonces. ¿Quién sabe que será de los KAKEN ahora que han visto que las musas no van a comerles los higadillos por subir y bajar las palancas de la música pop? Tampoco está de más ofrecer un suspense que nadie quiere...



KAKEN y Las Pulpas tocaron en la sala Bar & Co. (c/ Barco, 34) el pasado sábado noche a las 23:00h, en Madrid