Quién les iba a decir a los correctísimos Franz Ferdinand que propiciarían una nueva edad de oro del pop británico más cenutrio y desacomplejado. Pues parece que, al calor de los arrebatos after-punk de lo atildados chicos de Kapranos y del ejemplo de los tarugos Arctic Monkeys, las Islas se están convirtiendo en un paraíso del hooligan-punk en su versión más DIY. Toda una artillería de hypes pergeñados por auténticos cabeza-buques que, lanzados desde los mySpaces y los YouTubes, están dispuestos a poner banda sonora al planeta juvenil en sus últimos estertores.
Así, amparados en una recuperación sin complejos de la estética acid-house, llegan los Klaxons, con la única pretensión de hacer saltar a la chavalería a golpe de rave-pop más o menos bestia. Y más o menos cutre, también hay que decirlo.
Dejamos, por un momento, la disquisición indie para echar un ojo al universo del mainstream. Y encontramos a estos chavalotes, los Klaxons. Unos caraduras que, con un EP llamado igual que la famosa novela de Thomas Pynchon (escritor que vuelve a ser hype, por cierto), The Gravity Rainbow (Angular Recordings, 2006), prometen llevárselo crudo, crudísimo. Fusilan a partes iguales el bakalao, la cultura rave, a los Bloc Party y fagocitan la estética acid-house sin decoro, ni vergüenza. Por el morro todo, vamos. Lo mejor de todo, las pintas y que todavía tienen un poco de gracia (llevan unos meses en boca de los más fashionistas y los tarambanas del NME). Y que a la chavalería más cenutria de nuestros disco-dromos les molará todo. Lo peor, poder intuir el momento en el que estarán hasta en la sopa y que no hayan metido más reagetton y menos franzferdinandeces en la turmix sónica. Pero, tampoco podemos negar que From Atlantis to Interzone es una bestialidad de modernez garrula y que los videos, con ese rollo infraestético que tienen, están guapos ¿Qué no?