30 julio 2006

Historias de verano

Regresa Karpov! a su trinchera electrónica después de una temporada de lasitud estival, ejercicios de pereza y hedonistas paseos junto al mar. Se terminó este breve lapso de autocomplacencia extrema, atrás queda un breve instante de vida absolutamente contemplativa al que podremos volver con nostalgia a lo largo del otoño cuando nos flaqueen las fuerzas. Eso sí, ahora restituímos la emisión de los consabidos boletines sobre la vida sentimental en esta trasmodernidad tardía. Pero antes déjenme ejercer de turista incidental, contarles mis vacaciones y explicarles que, desde las atalayas y trampolines que nos presta el verano, las cosas se han visto tal y como aparecen en estos apuntes.

POLÍTICAS Y POÉTICAS VERANIEGAS



Mientras a unos les viene a ver la virgen de los publicistas en forma de pleito interpuesto por un presunto y conocido conspirador, estrella mediática y ocasional juez de excepción, hay otros que siguen haciendo canciones políticas acertadas y hermosas como Living with war. Neil Young firma así una desesperada oda, ideal para un verano pródigo en invasiones bárbaras y desmanes contra la civilización, entendido este término en su sentido más amplio.

Otra canción que Karpov ha escuchado con atención en este verano de plomo es Universal Soldier de Donovan; sincera, sencilla y hermosa, expone consideraciones políticas esenciales sobre el alcance de la responsabilidad individual. Líricas útiles y poéticas sensibles que contrastan con los exitosos ejercicios de autopromoción de algunos jueces y de los grupos que se llaman como esos jueces y que tan sólo parecen esforzarse en hacer nuestras vidas un poco más tristes, feas y menos libres (sobre todo los jueces que son siempre peores que los grupos de música, casi por definición).


EL M.A.L. ES EL BIEN




Cavernicolismo y actitud, (una) guitarra chirriante que desgrana los acordes puros y verdaderos del mejor indie-pop, voz desafiante y tambores rotundos. Quince minutos para resolver una aparición en directo sustanciosa y excelente. El mejor pop y las sensaciones verdaderas. Eso fue el concierto anual de los M.A.L. en Barcelona. Desde el momento en que pisaron el escenario no pude dejar de mirar totalmente hipnotizado por un grupo que conjura TODO aquello que tiene que significar la música pop: frescura, ruido, diversión, actitud, seriedad, cabezonería, melodía, fascinación…

Asombroso de verdad este concierto que, en plena avalancha de summercases y benicassines nos recuerda que hay vida más allá de la invasión de alternative stadium pop. Con el ritmo tribal del pop primigenio, con las insólitas y perfectas adaptaciones de canciones de Aislers Set o Terry IV, M.A.L. nos han vacunado contra las dinosaúricas veleidades a las que nos quisieran entregar sin complejo de culpa los malignos patrocinadores comerciales de la música más
"rabiosamente alternativa" y los serviles plumillas que de ellos viven.

CERO EN CONDUCTA




Hace algún tiempo había grupos que firmaban discos irreverentes y traviesos, que intentaban regresar al salvajismo de la, siempre brutal, imaginería infantil. Bebiendo a partes iguales de los insólitos y añorados Throw That Beat in the Garbage Can!, de los guerrilleros Girlfrendo y de los legendarios Hunky Dory, Tilly and The Wall recuperan esa tradición y nos trasladan a una isla de Kirrin musical, pletórica de melodías y canciones exuberantes. Sus dos LPs (Wild like Children y Bottoms of barrels) han sonado y sonado en el pequeño y culpable iPod de Karpov, mientras la brisa marina pintaba historietas de piratas, rebeliones y princesas en los atardeceres estivales. Olvídense del infame numerito de tap dancing que lleva asociado el grupo y fíjense en las canciones; una vez hayan hecho esto, dejen volar la imaginación más y más lejos cada vez...

COGE ESA OLA



Momentos mágicos en el underground estival han sido los vividos junto al duo Espanto en nuestro particular viaje por países pequeños. Sabida es la reverencia que este par de artistas tienen por los chicos de la playa; lo que no teníamos tan clara era su decisión a la hora de lanzarse a cabalgar de ola en ola. Compartimos instantes de audacia y surf para principiantes. ¿Las canciones nuevas? Existen, pero como estábamos de vacaciones las dejamos para septiembre. Solo faltó una hoguerita y marshmallows al caer la noche, lo que hubiese puesto el broche dorado a una tarde de playa en la que casi se podía escuchar de fondo las armonías de Be true to your school.


HAY QUE SALIR DE ESTE PAÍS



El disco del verano, ese ineludible amigo de travesías en días largos, de vida breve y olvido fácil, ha sido Let’s get out of this country (Elefant, 2006) de los escoceses Camera Obscura. Ahora que Belle and Sebastian no son más que un vulgar espectáculo de circo y estadio sólo apto para treintañeros empleados en el sector servicios, sus hijos tontos brillan con una luz especial. Intrascendencia, country-pop de mentirijilla, arreglos de violines y pantanosos órganos hammond dan forma a unas canciones simples y bonitas que ofrecen satisfacciones inmediatas. Precioso, sencillo, ameno... ¿qué tal vez suena a otras cosas firmadas en décadas anteriores? Seguro, pero las amables y escapistas maneras de los escoceses les hacen merecedores del título de reyes del baile de verano.


LOS INEVITABLES DISCOS



Porque también hemos tenido tiempo de disfrutar de esos otros discos que dejamos entre las estanterías el reso de la temporada. Es el caso de la nueva y muy lograda entrega de Scarlett’s Well,
Black Tulip Lips (Siesta, 2006) en la que Bid y sus compañeros de conspiración siguen manteniendo altas las maneras e incluso brillan con una energía más rutilante que antes en ese maremagno que es el catálogo de Discos Siesta. ¿Otras opciones de verano? Los dos primeros volúmenes de la Historia de los Orchids, editados por la ejemplar disquera LTM o la antología de los Secret Shine, buena muestra de shoegazing cortesía de Sarah y Claire Records. También hemos acudido en múltiples ocasiones a la antológica retrospectiva de los Esclarecidos, Un agujero en el cielo. ¿Será la cercanía de las olas y los puertos de mar la que ha hecho de Arponera un ineludible hit particular de este estío nuestro?


RECUPERACIÓN DEL URBANISMO LÍRICO




También ha sido un verano de reconciliación con la plasticidad arquitectónica del señor Antoni Gaudi (víctima de la personal manía perseguidora de Karpov). Un agradable paseo matutino por la insólita casa La Pedrera en el barcelonés Passeig de Gràcia ha servido de amable reencuentro con el iluminado y beato arquitecto que puso forma y color al ensueño dinerario de la primera burguesía catalana. Placidez mediterránea salpimentada con fantasía y talento que llevan a reflexionar y sorprenderse ante la paradójica e irracional virulencia que despierta en la España más (ultra) conservadora un pueblo tan formalito, emprendedor, burgués y discretito como es el catalán. Sobre todo viendo la réplica de la casita de la época de la Reinaxença que se encuentra en el edificio, todo un canto a ese celebrado encanto de la burguesía. El paseo por la terraza, sencillamente un lujo a la hora de echar un vistazo melancólico y un poco postrero a la Ciudad Condal.


AY, EL SIEMPRE RESULTÓN ENCANTO DE LA BURGUESÍA...



Las habituales revoluciones logístico-leninistas, características del tránsito aéreo por la Península, forzaron un evocador viaje en tren en el que repasamos la poesía completa de Jaime Gil de Biedma (Las personas del verbo, en la reciente edición de luxe cortesía del Círculo de Lectores). El irónico y complaciente lirismo de este aburguesado maudit de clase alta es una de las (obvias) debilidades de Karpov. Así que se pasó volando el viaje en tren mientras, página a página, el poeta barcelonés aparecía más como una suerte de señor T.S. Eliot del Ensanche y su arte poética, más allá de la poesía de la experiencia, me recordaba más a ese otro modernismo que inaugurase Ezra Pound y que nos dejó a Albert J. Prufrock y su canción de amor como quien no quiere la cosa.



14 julio 2006

Programación de verano

Ya se lo veían venir ¿verdad? Bueno, pues efectivamente Karpov! interrumpe momentáneamente sus boletines aperiódicos sobre el under y el overground para tomarse un merecido descanso vacacional.

Como no podía ser menos en estos tiempos de contenidos controlados por el usuario y micromedia, he generado una suerte de programación enlatada, como hace la televisión, para que el que pase por aquí tenga con que distraerse hasta dentro de unos días en que volvamos con la monserga del indie-pop, las canciones que desearíamos haber escrito, los grupos que sí, los grupos que no, las diatribas, los fatuos lirismos, la autocomplacencia y los etcétera, etcétera que a conocen los lectores fieles. Es decir el registro habitual. Hasta entonces, les dejo con la programación de verano.






12 julio 2006

1946 - 2006

I Know Where Syd Barrett Lives

Television Personalities


There's a little man in a little house
With a little pet dog and a little pet mouse
I know where he lives and I visit him
We have sunday tea, sausages and beans
I know where he lives
Cause I know where Syd Barrett lives

He was very famous once upon a time
But no one knows even if he's alive
But I know where he lives and I visit him
In a little hut in Cambridge
I know where he lives
Cause I know where Syd Barrett lives

And the trees and the flowers are so pretty, aren't they?

He was very famous once upon a time
And no one cares even if he's alive (we do)
But I know where he lives and I visit him
In a little hut by the edge of the wood

Oh shut up!






Actualización: Momus ha escrito hoy sobre Syd Barrett una entrada muy cabal en su diario



10 julio 2006

La tesis moderna

Su decidida vocación de perviviencia y un cierto aire institucional nos hacen olvidar a veces que Sonic Youth son un grupo esencial para entender las últimas décadas de la música pop. A finales de los 80 y principios de los 90 demostraron una sagacidad insólita para renovar géneros y conceptos, una astucia notable para construir una impoluta imagen artie y unas apasionantes dotes para elaborar castillos de rock atípico. Con su último disco recapitulan sobre los entresijos de LA música moderna en general, los de SU música moderna en particular y nos ofrecen una colección de canciones exhuberantes, inmediatas y fascinantes que nos vienen a recordar el papel asombroso y cenital de la banda en la creación de eso que conocemos hoy como Rock Moderno o Rock Alternativo .


Y entonces surge la pregunta del millón ¿son Sonic Youth dinosaurios del Rock Alternativo? Probablemente sería más adecuado señalar que son fósiles que han conseguido cristalizar una forma propia de rock y que, desde hace una década, han venido añadiendo sucesivos estratos geológicos a la misma para lograr su correcta conservación. Llámese A thousand leaves, Sonic Nurse o Murray Street, cada nuevo LP de las Juventudes Sónicas ha venido pareciendo un resumen técnico con el minucioso detalle de los hallazgos extraídos en las múltiples peripecias paralelas de cada uno de los miembros del grupo. De hecho, ya estábamos acostumbrados a recibir periódicamente esta suerte de tesis moderna como la tranquila instantánea de una vanguardia que, convertida en canónica, daba minuciosa fe de su rigor investigador y su inquietud exploratoria. Estratos de Rock Moderno, ordenados y pasados a limpio, que dejaban constancia de que Sonic Youth se había convertido en una suerte de instituto contemporáneo de investigación sónica, sabio en sus postulados pero más bien soporífero en sus maneras.



Pero, con Rather Ripped (Geffen, 2006) encontramos que SY son todavía capaces de hacer un disco orgánico e hipnótico. Un disco abierto en el que se suceden unas canciones de factura clásica. En un inteligente quiebro estilístico, cuando los propios SY no son para los chavales más que un ineludible oldie de la Década de los Noventa, nos presentan una coleción de canciones que resumen los mejores momentos del género indie -rock en su acepción más canónica. Rather Ripped es, por tanto, una estupenda colección de standards perfectamente organizada y exquisitamente accesible que podría leerse como capítulo final de una hipotética Historia Moderna del Rock. Curiosamente ahora que estamos viendo como las construcciones de pop post-moderno (multirreferenciales, inter-género, inter-clase, fruto de perfectos algoritmos culturales) se cuelan en nuestras playlist mentales, los neoyorquinos nos entregan un accesible epílogo cargado de guitarras ensimismadas, sonidos perfectamente (des)organizados, canciones fáciles de escuchar y distorsiones trenzadas con precisión. Este disco demuestra que el loft-punk de los Yeah Yeah Yeahs no es más que un irreal acto reflejo de un rock desmaterializado; o que bandas como Liars tan sólo se limitan a seguir un esquema perfectamente establecido muchos años antes. Rather Ripped resume y recuerda los límites de ese canon de lo clásico-alternativo.



Pero además (o quizá a causa) de esta constatación de clasicismo sobrevenido, el disco cuenta con todos y cada uno de los momentos de brillantez propios de la formación. El pálpito pop e intuitivo de Thurston Moore (Incinerate), las siempre oblicuas canciones de Lee Ranaldo (Rats) y una presencia notable de Kim Gordon que hará las delicias del buen fan de SY (Reena, Turquoise boy). Rather Ripped se convierte así en un elástico compendio de los clichés del grupo. Compendio facturado con una increíble espontáneidad y sostenido sobre canciones que rozan la perfección formal al tiempo que brillan con una insólita frescura. Sin el plasta de Jim O'Rourke, SY concretan un disco modesto, sincero y lúcido en casi todos los sentidos. Se agradece la obviedad y la transparencia, también se agradece redescubrir las tonalidades matizadas y las mantas de calculadísimo ruido blanco. Un disco, en suma, que permite el tránsito agradable del oyente a lo largo de los cuadros más logrados de la historia de las Juventudes Sónicas a la vez que corrobora la excelente salud de muchos de sus postulados. Es decir, Moore, Ranaldo, Gordon y Shelley no sólo han firmado el disco clásico y sexy que ya no esperábamos de ellos, sino que además han sabido dotarlo de la facilidad necesaria como para convertirlo en el disco ideal para pasar un muy moderno verano. Y eso es algo que, como sabrán aquellos que hayan sido fan de SY en algún momento de su vida, no deja de tener un cierto aire de justicia poética.


08 julio 2006

Momus goes viral

Mientras damos vueltas a la nueva canción de Jarvis Cocker y decidimos si es buena o mala (es muy mala, de hecho) , se nos ha pasado que nuestro querido Momus ofrece un adelanto gratuíto de lo que será su próximo LP, Ocky Milk (6 de agosto fecha de lanzamiento, no lo olviden). Pero bueno, con ánimo de enmienda (y aunque los más enterados ya se lo sepan), yo lo cuelgo para los despistados y porque soy muy fan.

Hace ya un mes que Momus tiene colgado en You Tube este video-clip de elaboración casera. La canción es de las cosas más preciosas y sentidas que ha escrito el señor Currie en mucho tiempo y deja claro que sigue en la cresta de la ola en lo que a talento lírico se refiere. Incluso poéticamente inspirado, si se permite la expresión.



No habíamos visto tanta delicadeza en nuestro genio favorito desde aquel T
imelord (Creation, 1993). En cualquier caso, en noches como esta, de tanto calor y horror veraniego, se agradecen soplos de amabilidad como este. Y el disco promete ser incluso mejor que aquel sublime Otto Spooky (Analog Baroque, 2005). Con eso está todo dicho ¿no?








05 julio 2006

Las canciones que deseariamos haber escrito

A veces uno se pregunta si es necesaria otra crónica más sobre el enésimo grupo de indie pop. Total, para lo que hay que contar. melodías mágicas, guitarras cristalinas, estribillos celestiales... Es cierto, nos deslizamos cada vez más en bucles de melancolía autorreferenciales. Bucles y ensueños en los que hablamos de manera sistemática, y un poco senil, de lo nuestro. Sin embargo, cuando unas canciones irrelevantes consiguen quedarse en la cabeza, y acompañarnos a través múltiples travesías vitales y geográficas en estas poco flexibles post-modernidades que nos toca vivir es que algo tendrán. Las canciones de Math & Physics Club, se están convirtiendo así en el sonido de un verano paralizante. Están impregnando de discreta armonías anglófilas unos climas subtropicales y están creando un oasis de irrealidad momentánea. No estoy hablando de que sea lo que más nos convenga escuchar en este momento. Estoy hablando de otra cosa muy distinta...


Math & Physics Club son un conjunto de Seattle que factura un indie pop tan cristalino, tan notable, que en vez de canciones parece que montan maquetas melódicas. Llevan en danza desde el año 2004 y han grabado dos singles para la disquera über-indie Matinee Recordings, Weekends Away (2005) y Movie Ending Romance (2005) que contienen unas canciones que no asombran pero que se filtran en el cerebro gracias a melodías, inflexiones y sonidos familiares. MAPC pueden sonar a los Smiths, pero al no tener pretensión alguna de ser los Smiths, salir ilesos de semejante trago. Gorgoritos incluídos. Pueden aproximarse a cierta sutileza melódica, digna de The Orchids y otras luminarias de la escudería Sarah y no sonar a twee-pop de los Noventa. Porque los de Seattle sólo facturan las canciones que nos gustarían haber escrito al resto. Y ahí se quedan con todo el personal. Canciones ausentes de pretensiones, románticas, un punto soberbias y legitimamente idealistas. Sin más.

Sácame de aquí, quiéreme, esto no tiene arreglo, el verano se termina, cuanto más cambias tú, más sigo igual yo, no quiero quedarme aquí... la, la, la. La eterna cantinela, ya lo sabemos. Palabras mágicas, al fín y al cabo, si el que las canta se las cree. Y MAPC se las creen a pies juntillas, y tan sólo quieren decir lo que dicen.

No es un pastiche, no es una revisión. No es retro, no es manierista. Ante todo son fans que escriben las canciones que les gustaría escuchar. La receta es la misma que la de los Lucksmiths. Sinceridad y sentimeintos puros. Por eso son reveenciados como una ínfima institución a lo largo del globo. Por eso levantan unas pasiones inéditas para un grupo con sólo dos EP en los mail orders y no mucha actividad en su carrera al estrellato. Asombra escucharles versionear a los Beach Boys, sin miedo ni reverencia (You're so good to me).



Hace semanas que escucho complusivamente a esta banda. Han podido con cualquier resabio y recelo. Basta detenerse en la desverguenza melo de Sixteen and Pretty, o dejarse llevar por las guitarritas de Weekends Away. Esperemos que esas cualidades imposibles, intangibles y propias de funambulistas pervivan intactas en el futuro LP previsto para este 2006. No es sencillo, porque joyas de la intrascendencia de Love again sólo se sostienen en la futilidad y brevedad del fomato corto y las distancias pequeñas. En cualquier caso, aquí ya no hay que buscar respuestas de ningún tipo. La revuelta está en un territorio muy lejano; nada de pánico en las calles de Londres. Se trata tan sólo de la redención doméstica del fan que salta a través del espejo para imitar a sus ídolos. Olvidense de las pretensiones de los sórdidos Belle & Sebastian del Futuro (los que sufrimos ahora). Bienvenidos al reino de la trascendencia oblicua. La revuelta de los novatos. Si la cultura pop se ha convertido en una filfa ¿por qué no habría de estar la salvanción inscrita en los karaokes de YouTube? Y, es más, ¿por qué no en las cancions de MAPC?



MAPC asumen así su, a priori paralizante, anglofilia con llano y sincero humor americano. Canciones rotundas, claridad en el trazo y sentimientos puros. Los que busquen revelaciones y transformaciones vitales espasmódicas podrán condenar a los de Seattle a la indi-ferencia. El resto podemos disfrutar con una banda en la que la ausencia de malicia es tan enorme que se atreven a versionear el Angel Gone de Beat Happening, asumiendo así su cercanía al indie de base. Hablábamos el otro día de lo que sucede cuando el cocooning juvenil fracasa. Bien, tal vez en ese momento, sólo quede hacer lo que hacen estos alegres muchachos, salir y, con modestia, compartir las cuatro canciones que nos hubiese gustado escuchar alguna tarde de tedio y horror veraniego en algún radiocasste cercano. Ya digo, las canciones que escibirías tú y que escribiría yo. Pero que son ellos los que las están escribiendo, con letra clara y sin dobles sentidos. Así que, ahora sólo queda preguntarse, en una época dominada por hypes y mercadotecnia alternativa, ¿quién tira la primera piedra?





02 julio 2006

Teenage angst 2.0

Desde que Momus emplease el sonido de la GameBoy como insólito elmento para una canción pop (¡hace ya más de una década!), hemos sido testigos de la consolidación de la cultura del videojuego como elemento clave de la exhuberante cultura de micro-masas. Sabíamos que, para los chavales de las consolas, la música popular no era más que una herramienta más en la infinita toolbar que les ofrecía el capitalismo cultural a la hora de dotar de contenidos su tecnificada, hiper-conectada e hipertextualizada preadolescencia. Lo que no podíamos sospechar es que estos gamers, volviesen a acudir a las irrelevantes y poco interactivas pop songs para expresar la angustia que produce comprobar cómo, al pasar de la última pantalla, la tozuda y solitaria realidad sigue ahí, mucho menos conectiva en lo real que en lo virtual. Final Fantasy, cambia así el GAME OVER electrónico por el I KNOW IT'S OVER morriseyano en la primera muestra de vida sensible en el seno de la gaming generation.


Owen Palett tiene aspecto de haber calentado muchas cenas en el micro-ondas y saberse mejor los trucos del Zelda que los recovecos emocionales de la vida real. Owen Palett recibió clases particulares de violín, lo cual le ha permitido tener el muy moderno trabajo de arreglista de los Arcade Fire. Tiene aspecto de haber sido un brillante y solitario chaval al que sus padres (entomólogos y, posiblemente, miembros de esa primera generación de la clase creativa) prefirieron dejar, desde temprana edad, bajo la tutela de Mario y Luigi a contrastar con la realidad la posible falibilidad la esmerada educación que estaban dando a su churumbel.


Así que Owen Palett, una vez que ha superado la veintena, no ha hecho una complicada construcción multirreferencial, post-modernista e irónica con capas de drones, samples y secuencias de inteligencia artificial sin angustia alguna. Por el contrario, ha facturado dos discos autistas, introspectivos, intensos y un poco melosos sobre la soledad, la incomuncación, los videojuegos y las alegorías escondidas en Dragones y Mazmorras. Deja a un lado el pequeño CASIO que le regalaron a los seis años, la PS2 y las secuencias sintetizadas para desgranar melodramáticas piezas de pop orquestado (¿videojuegos sin electrónica?), pasmado ante el lío con que se encuentra al llegar a los veinte. Owen Palett, de repente al alzar la vista se encuentra, sobre todo, desconcertado y sólo puede articular peculiares micro-arias, en las que apenas acierta a decir que nadie le había avisado de la que se le venía encima.



Si musicalmente Final Fantasy tiene un notable interés como chamber pop de alta intensidad, representa, además, una muestra de cómo la cultura pop se ha sumido en una peculiar crisis de identidad. Final Fantasy afronta la angustia que sigue al comprobar el fracaso del cocooning referencial en que ha sumido la cultura juvenil, presentada demasiado a menudo como el perfecto limbo donde eludir diversas problemáticas vitales. La burbuja protege menos de lo que parecía y, ante esa evidencia, el resabio del pajero cínico no tiene validez alguna. Mientras muchos pensaban que la música pop y la cultura del viodeuego acabarían dando como resultante una forma artística cyborg (con el videojuego como variable dominante, según los futuristas), aparece Final Fantasy y pone voz, en clave pop para más inri, a una generación de gamers a los que ese mundo ordenado de pantallas, fases y plataformas se les cae encima cuando les dicen que todo ha terminado por el messenger.



Final Fantasy es el Morrisey y los Belle and Sebastian de toda una generación de videojugadores. Si lo juzgamos bajo nuestra óptica de indie-kids de antaño no entederemos nada. Si, por el contrario, pensamos en nuestros hermanos menores (sí, aquellos que creíamos que ni sentían ni padecían cuando les veíamos sentados frente al Castlevania, sumidos en su hipnosis de eterna competición eletrónica) se abre una conexión nueva e interesante que nos conecta, de súbito, con la angustia de toda una subcultura pop que pensábamos quedaría eternamente dormida en el ensueño del transcapitalismo artificial. Y en ese sentido, Final Fantasy, supone una propuesta absolutamente radical, en cuanto que representa un nuevo tipo de teenage angst que nosotros ya no podemos imaginar. Algo que sólo se intuye cuando leemos en el último Plan B como Palett reconoce que “en su mundo [el de los videojuegos] tienes pruebas específicas y metas muy concretas [...] y al final apareces en la lista de gandores y obientes una medalla de oro. Pero, en la vida, las cosas no van así. Encuentro que la idea de ser una criatura de videojuego, una criatura gregaria, es bastante más atrayente que afrontar el libre alberdío que tenemos en nuestra realidad”




P.S. Por cierto, Final Fantasy tiene dos LPs muy interesantes. Has a New Home (Tomlab, 2005) y He poos clouds (de muy reciente aparición también en Tomlab) llenos de canciones muy bonitas, extrañas y fascinantes que no se deben dejar de escuchar.


Nota.- Los datos sobre la vida de Owen Palett son suposiciones, ficcionalizaciones y licencias literarias. Cualquier corrección al respecto será aceptada de buen grado por este bloguista.