24 octubre 2005

Lluvias y tinieblas

Despues de años de misterio en torno a los Triffids, el olvidado y oscuro grupo australiano (de la garagera Perth, en concreto) se le aparecen a uno un sábado lluvioso como otro cualquiera. Por cuatro eurillos, una oscura tienda de discos cutres usados (el Club de Amigos del Disco, en Argüelles) nos ofrece el tercer LP del misterioso combo. Un trato a todas luces irresistible ¿no creen?
Es una pena. Lo mismo que el destino unas veces nos guía hacia algunas canciones en los momentos adecuados, otras veces nos escamotea discos que, en instantes concretos, nos hubiesen colmado de placer. Es lo primero que pienso al pinchar en el tocadiscos este Born Sandy Devotional de los Triffids. Si en aquellos inviernos en que temblábamos de frio espiritual y autocomplacencia artie con Nick Cave y sus Malas Semillas y su corte de divinos conspiradores (Harvey, Bargeld o Hugo Race, por ejemplo) hubiese tenido acceso a este LP lo hubiese disfutado cinco veces más que ahora, ya más calmado de los vaivenes abisales propios de ése rock de alto octanaje espiritual. Hubiese sido perfecta compañía para tardes de melancolía teen y, de haberlo comprado en una edad impresionable, hoy formaría parte de mi altar pop particular. Las conexiones con las Malas Semillas es lo priero que viene a la cabeza; no en vano encontramos en su line up a Martin Casey, presente al bajo en las formaciones de Nicolás desde mediados de los 90.
Los Triffids, leo en All Music, fueron un grupo dedicado a plasmar fundamentalmente las visiones y obsesiones de David McComb. Tuvieron una anónima vida en el submundo de Perth hasta que fueron descubiertos por una major (gracias a este LP, por cierto) para la que grabaron The Black Swan. Su vida se extiende durante la década de los 80, para morir con la llegada de los 90 (en 1989 se desbandaron). Este Born Sandy Devotional representa la cumbre creativa de su primera época, la más indie. Lo más curioso de este LP es ver no tanto cómo los postulados de Nick Cave y de Go Betweens se pueden fundir en un sonido lánguido y tenebroso sino comprobar hasta qué punto este disco anticipa en dos décadas el posterior sonido de Cave y su evolución hacia aguas más calmas, menos turbias pero no por ello inofensivas. Después de tantas vueltas, resulta que esa alabada madurez del reconvertido bardo de ultratumba es un pálido reflejo de este disco de 1986. Son curiosas las correspondencias subterráneas de la música pop.
Es innegable, este disco depara sopresas agridulces -finders keepers, losers weepers- y muy agradables. Resulta que los Triffids hacían un pop refinado y con tendencia al claorscuro que una veces aparece corporeizado en canciones de turbadora belleza como Seabirds, Wide Open Road y, sobre todo, Stolen Property (merece la pena todo el LP sólo por esta canción, una joya realmente bonita), mientras en otros momentos se cubre de tela de saco para acometer enrarecidos coqueteos con el folk-punk como es el caso de Chiken Killer (¿aires a lo Woodentops?, un poco, un poco) sin olvidar una capacidad increíble para firmar baladas delicadas como Tender is the night, que no quedaría mal en ningún disco de indie-pop de Flying Nun.
Habría que ver el resto de la discografía (Soulseek mediante) para poder hacerse una idea clara de los Triffids, a pesar de todo. En este disco hay momentos más que discutibles, donde el sonido se hace plúmbeo y los destellos se convierten en fuegos fatuos (Tarrilup Bridge, por ejemplo). A pesar de todo este Born Sandy Devotional queda como una bonita adquisición de sábado lluvioso, que permite salir de dudas largo tiempo alimentadas, al tiempo que nos deja adentrarnos en esas tinieblas musicales que dejamos atrás hace tiempo pero que nos acogen por un rato con familiaridad y simpatía.

15 octubre 2005

Adam Green y la fuerza del destino

Inmersos en la rutina moderna de fake-pop que nos asola (vean, vean post anteriores), el concierto de Adam Green se presentaba como un paso más en esa espiral descendente hacia el corazón de esta modernidad actual que ha superado estilos, actitudes e incluso tareas compositivas en aras de los cánones del marketing alternativo y sus vacuas construcciones multirreferenciales. Craso error, el desenvuelto bardo ha demostrado estar más allá de estas minucias y nos ha recordado que todavía hay sitio para canciones y espontaneidad en este valle de lágrimas.
Olvidándose en gran medida del insoportable Gemstones (Rough Trade,2005) (¡menos mal!), la parte contratante de los Moldy Peaches ha superado las ínfimas expectativas de los más escépticos (sí, yo). Más allá de su papel como folk-man políticamente incorrecto, superando la categoría de hype para modernos, acompañado de una banda sencilla y efectiva, Adam Green ha mostrado que pese al tropezón de su último LP tiene carisma y simpatía (aunque a veces es un poco ganso) para sostener un directo con carácter. Pero, sobre todo tiene canciones propias magníficas, buen ojo para elegir covers, gracejo y estilo para el directo.
Esta noche ha quedado demostrado que si bien sus últimas composiciones pecan de efctistas, abusan de los toques de musical chungo y están jalonadas de un lmentable espíritu AOR, las canciones de su segundo album (Friends of mine) merecen todos los aplausos del mundo como gemitas (éstas sí) de chamber pop travestido de espíritu (anti)folk. Así, Jessica Simpson, Bluebirds, Friends of mine o The Prince's bed han cobrado vida de manera emotiva y vibrante. Mérito doble debido a un soberano trancazo que traía nuestro amigo y le dejaba la voz a medias en ocasiones. Creo que gracias a la enfermedad sólo hemo sido víctimas en una ocasión del inevitable momento tuno; sí, en Bunnyranch ha sacado a dos americanas del público a hacer de conejitas poniéndolas a pegar saltillos por el escenario (¡ejem!). Muchas de las canciones han sido solicitadas por el propio respetable a quien ha preguntado por los derroteros por los que quería que discurriese el show, en compensación por las inevitables limitaciones técnicas.
En efecto, Green, consciente de que el resfriado no le iba a dejar culminar un concierto redondo se ha esforzado por agradar a los fans (y no tan fans), empeñándose en cantar algunas canciones más allá de las posibilidades de su dañado chorro de voz y mostrando una entereza notable por darlo todo y cumplir con las personas que habíamos pagado por verle sobre las tablas.
Y en eso ha residido parte del encanto de la noche; en eso y en ver al moderno y pariolo cantautor tener gestos toreros como arrancarse con una versión del Proud Mary o llevar al terreno del estándar (y muy bien) una referencia indie como es el Cast a Shadow, en un homenaje respetuoso y emotivo al subterráneo pop que le vió nacer. Y así, mientras otros en su lugar (CocoRosie o el tarugo de Antony) se hubiesen ceñido al guión, nuestro amigo se ha salido por la tangente reinventándose el concierto, sin perder la simpatía la compostura y demostrándo que con canciones de verdad (sí, de verdad, ni simulacros ni constuctos culturales) se llega a todos los corazoncitos (incluso los de los más resabiados)
Porque la realidad es que Adam Green habrá dado un traspiés con su último LP pero hace pop de verdad. Nada de simulacro, trampa o cartón; vamos que se cree lo suyo y cree en el pop como una manera de narrar las vicisitudes de la esta vida y no lo considera un mecano más de nuestra era del infotainment. No se confundan, que lo suyo (y lo de Devendra o lo de Rufus), va más allá del alpiste artístico para suplemento moderno. Al final no se si será la fuerza del destino lo que hace que uno se tenga que rendir ante cosas como Dance with me o siplemente esa magia imperecedera del pop. En el primer caso, Adam Green se entiende bien con aquellos que, cándidos, todavía pensamos que una canción es más que importante en esta vida de lo que se cren algunos. Si es lo segundo, contra todo pronóstico, ha demostrado que a él le ha tocado en el reparto un trocito (pequeño y todo lo que quieran pero trocito al fín y al cabo)de esa insólita piedra lunar que es el encanto compositivo.
Por otra parte, como no hay mal que por bien no venga, el resfriado nos ha ahorrado bailes sonrojantes y gracejos de stand up comedy made in usa, chistes tunos en la onda del último Jonathan Richman y demás desastres propios de la espontaneidad de los que, como Green, piensan que están dotados para el humor sin que los demás seamos capaces de ver muy claras la razones.
Adam Green tocó en la sala Arena el 14 de octubre de 2005

08 octubre 2005

Odia a los grupos modernos sobre todas las cosas

Noche de fiesta en la Sala Siroco; la presentación del single autoeditado de Margarita (Atch!), sirve de excusa para conocer dos nuevas sensaciones, una pop y otra rock e inaugurar el otoño en este Madrid Terminal que algunos (los de siempre) ven exultante de creatividad. Bicicross y Margarita, los grupos en cuestión son un buen ejemplo de cómo, las más de las veces, el deseo tiene poca o ninguna mella sobre la realidad.
Con una formación peculiar compuesta por teclados, armonio y guitarra Bicicross se presentan como la gran esperanza del pop actual. Y bueno... ¿qué vamos a decir? Para los que hayan podido ver a J.Irizar toca la Batería, esta afirmación no es completamente cierta. De hecho, los barceloneses ganan en canciones, candor y actitud a pesar de lo cual Bicicross son un grupo a tener en cuenta. ¿Las razones? La primera, por lo irracional de su presentación en Madrid: tres canciones, cinco minutos, sonido malo de un grupo que no sabía como tocar sus propias composiciones. Un punto a su favor. En segundo lugar una actitud completamente indiferente e incluso vandálica: no suena, me bebo una cerveza, saludo a mis colegas, es pop pero me da lo mismo que quede bonito. Uno se imagina a los Boyracer presentandose de esa guisa en algún pub de Bristol... En tercer lugar, las canciones eran bonitas a pesar de todo, tenían arreglos misteriosos y buenas melodías. Poco más se puede decir de diez minutos de grupo.
Mucho peor ha sido lo de los Margarita. Un grupo que se puede englobar en esa escisón de la escena hardcore a la que le ha venido a ver la vigen del afterpunk en forma de un sota-caballo-rey de guitarras cubistas, acordes oblicuos, ritmos funk y caña punk. Y la cadenita, y la carrera de músico profesional, las dos cosas colgando de un bolsilo, tampoco vamos a olvidarnos de ello. Es decir, otra vez un grupo de (no tan) jóvenes semi-profesionales apostillando lo ya dicho por los Gang of Four o los Fire Engines. Y, si me apuran, por los Veracruz (otros hardcoretas de provecho, por cierto).
Margarita tienen dos problemas, a tenor de lo visto esta noche. El primero una ausencia absoluta (tómese en el sentido literal del término) de canciones, lo que reduce su propuesta a una sucesión de arreglos que se sostienen a duras penas en el vacío. El segundo es que su exceso de eficiencia hace que todo parezca impostado, un escamoteo de la "experiencia punk verdadera" (si es que tal cosa existió alguna vez) con todo lo que tiene de esponánea, imprevisible e irregular. A muchos les parecera un cosa bien moderna, bien cool, bien nueva... A mi me dejan con el primer LP de Au Pairs, tan tranquilo, y sigo diciendo que esta nueva escena (y no tan nueva, que llevan dos temporadas intentando colárnosla) me parece un soberano fraude orquestado por desalmados y caraduras.
Empieza, en resumen, el otoño, una estación de conciertos, lluvias y maledicencias. Y mientras llega la primera edición del Ladyfest España, podemos testar el nivel de confusión de la cultura underground. La primera impresión es que está sumida en una crisis de identidad extraña, no tanto por contar con una oposición cultural dominante desde el etorno mainstream sino por haber experimentado una desconcertante desercion voluntaria de buena parte de su base juvenil. Más que una rendición, un inexplicable desistimiento. ¿El rock ya no es el vehículo? es muy posible (las fórmulas mágicas no funcionan siempre)
En este contexto hay tres tipos de grupos: los que lo tienen muy claro, siguen adelante con lo suyo y obran en consecuencia, sin importar los efectos mercantiles y culturales que esto conlleve; los que oyen campanas,no saben donde, y obran a la buena de dios y, en tercer lugar, los que van leyendo el signo de los tiempos, siguen los hypes y examinan lo que está in y lo que está out y, con gracia y no exentos de cierta artesanía, lo facturan para su consumo, general o segmentado. Bicicross estaría en el segundo grupo y Margarita, por decirlo de manera elegante, no estaría en el primero.

04 octubre 2005

Esto debería acabarse aquí, pero tal vez no así

Mientras el establishment cultural se rasga las vestiduras ante el pecado capital de Kate "Cocaine" Moss, el zoquete de su novio acaba detenido tras el asalto y posterior redada efectuada en uno de los últimos conciertos de su nueva banda, Babyshambles. Estas son las cosas que hacen que Hedi Slimane tiemble de gusto pesando en los peligros del rock and roll (sexo, drogas, chicos, moda ¿qué más quieres?). Otros, sin embargo, preferimos pensar en síntomas de una cultura, la juvenil, que se está quedando como solución calmante para que una mediana edad urbanita no pierda pie en el actual marasmo de melancolía, terror y remake.
Pobre Pete Doherty, la verdad, condenado el tarugo a representar un papel en este circo trascultural cada vez más vacuo e inmaterial debió poner cara de no enterarse de nada cuando la madera le llevó otra vez de vuelta al talego. Con este suceso repetido (ya pisó la celda con los Libertines), la punta mainstream del iceberg juvenil se encuentra con su reflejo underground en espirales de aburrimiento y eterno retorno. Lo digo porque comprando discos indie-pop de hace unos años y descargando últimas novedades no he encontrado más que una no demasiado agradable parálisis creativa que se viene prolongando desde la mitad de los 90. En concreto el LP de The Relationships (Trend, Twee Kitten Records, 2000) y el primer y único disco de Majestic (Live it Up, Shelife 1998), producen ese especial vértigo de lo seguro. Nada ha cambiado el mundo gira al compás de discos de género que mantienen esa luz que no se apagará pero que tampoco da calor.
Mientras la detención del ex-Libertine nos retrotae también a los añorados 90s (la carrera criminal de los Gallagher, la desaparicion de Justine Frischmann la fama de Los Planetas...)gracias a SoulSeek podemos comprobar que el celebrado disco de los Lucksmiths (Warmer corners) repite el infinito desarrollo twee pop que lastró la cultura indie-pop durante la misma década. Todo cambia para seguir igual: vuelven los Bats.
Los Acid House Kings (Sing Along With..., Labrador 2005) parecen igualmente dispuestos a ofrecer una resistencia numantina al cambio. Una década y pico de pop juvenil y fresco puede con cualquiera y la candidez ya no es más que una autoindulgente y poco estimulante impostura. Gracias al disco de Majestic (combito americano que tuvo la delicadeza de desapararecer, de la faz de la tierra pero no de los saldos de CD-Drome: pop viejo y barato para un sábado por la tarde)descubrimos que el géneró se agotó 10 años antes de que terminase el siglo pasado. El regreso de Beaumont también inquieta, aunque habrá que escucharlo.
Más morbo para quien lo quiera; la pedofilia estética llega al pop subterráneo con retraso con rspecto a otros entornos pero confirma el (sospechado e intuído) envejecimiento mental de la población indie-kid global. Everett True pone por las nubes a Smoosh (indie-popsters de Seattle de 9 y 12 años) les dedica una portada de Plan-B y repite de manera compulsiva que nacieron después del Nevermind (Kiko Amat en la revista Go, le sigue en esta idea morbosa y recurrente).
Veinte años después del C-86 hemos encontrado nuestra tailandia pop gracias a Alistair Fichett y Unpopular Records, hogar también de las sopechosismas The Pipettes. Estas Trans-talulahs (Pipettes, digo) hacen un karaoke-show basado en bonitas canciones al compás de una efectiva backing band conocedora de las claves del género. Además cantan disfrazadas de colegialas; las canciones están bien pero, ¿es sano todo esto?
Casi hay que dar las gracias por que Saint Etienne se hayan limitado a firmar un discreto y elegante disco de madurez, Tales from the turnpike house, relativamente conceptual y con canciones relativamente buenas sobre la vida en la dulce suburbia una vez dejada atrás la última frontera de la juventud. Y adelantan un hipotético disco para niños (Up the wooden hills), que se presenta discotequero y locuelo aunque no muy infantil. En cualquier caso, el trío no tiene problemas. Es un género en sí mismo: son un encanto, inteligentes, chispeantes y, por lo general, más refrescantes que la media. Aunque tampoco sea para soltar lágrimas de emoción como hace Banessa Pellisa en Go (otra vez, ¿nostalgia de aB? ummm) Por lo menos no tienen 12 años, ni presumen de consumir heroína.
Así que no queda más remedio que volver al pobre Pete Doherty. Le ha tocado la china de ser el que levante la mano y diga Fuck Forever para que todos durmamos tranquilos pensando que la transgresión fashion está a salvo. Y, sobre todo que no hace falta que seamos nosotros quienes hagamos nada para salvarla. Basta con ir cosumiendo las referencias subterráneas a traguitos pequeños. Y nos relamemos como Hedi Slimaine, temblando no se sabe si por ver el peligro de cerca o por observar alejarse hacia estratosferas llenas de plusvalías no tan (in)tangibles los precios de sus fotos de Doherty en galerías y editoriales para bibliomanos modernos.
Mientras tanto, Burberrys qué tanto ha jugado con el heroin-chic británico de las últimas temporadas (millonarios tocando rock junto a la chimeneas, pic-nics con champán y opiaceos junto al río, la más presentable de las caras oscuras del pijo global) manda a la pobre Kate a sucursal más cercana de la clínica Betty Ford. Cuando ella dice, y con razón, que si queremos supermodelos que vaguen de fiesta en fiesta escuálidas no hay otra manera, que el Moët engorda y deja los mofletes caídos.
Y en medio de todo este despropósito, sin tanto chic y con más heroin a sus espaldas que el cenutrio ex-líder de los Libertines, sólo Lawrence se atreve a sacarnos los colores con un anti-LP-bomba (Tearing Up the Album Chart)donde pone en solfa nuestro acomodaticio viaje al fin de la cultura pop. Pero esto es otra historia y merece otro post...