21 septiembre 2005

Neo Rauch, la sombra del zeitgeist es alargada

Si el final del siglo pasado se caracterizó por el auge de lo "alternative commercial", el principio del siglo XXI nos está dejando entrever los albores de una época en la que viviremos rodeados de productos culturales avanzados capaces de satisfacer a los segmentos medio-altos de la audiencia; es decir esa clase urbana capaz de transitar por los diferentes lenguajes estéticos con paso firme y que, acostumbrada a las estrategias de descontextualización, remezcla o deconstrucción pide algo más que ídolos de cartón piedra.
Bienvenidos por lo tanto a la era del crossover, la interdisciplinareidad, el patchwork cultural y las integraciones estéticas verticales y horizontales. Lástima que en este proceso unos y otros se estén empezando a olvidar (como siempre nos pasa, por otra parte) de los contenidos propiamente dichos.
Y resulta que es en este contexto en el que Neo Rauch ostenta en la actualidad el honor de ser el pintor más cool del mundo del arte. El alemán lo tiene todo para gustar: al ensueño pretendidamente inquietante de sus pinturas se une su origen en la Alemania del Este y su formación en los cánones estéticos del moribundo realismo socialista de la Academia de Leizpig. La novedad de su pop pretndidamente metafísico y de colores mortecinos se adereza con atractivas referencias al modernismo industrializante de ese bloque del Este que tanto morbo sigue dando (terra incógnita donde posmodernidad y crimen conforman la mezcla perfecta para excitar nuestra imaginación).
La articulación de elementos visuales dispares en un cocktail que apela al gusto por una inquietud lúdica y por un desencanto trufado de humorismo e ironía, unidos a un innegable oficio pictórico, son los principales elementos que han motivado su ascensión a los altares críticos y financieros donde se deciden los fugaces cánones occidentales.
Rauch combina sabia y calculadoramente la cultura de masas de los dos grandes bloques rivales de la sociedad post-industrial (pervierte la candidez de Rockwell, recupera con ternura la trampa y el cartón del realismo soviético) con las luces del norte y los escenarios rurales. Posiblemente a sabiendas de que en este combinado referencial el espectador encontrará ese sentimiento artístico perfecto en el que la candidez de lo retro se verá iluminada por las evocaciones de una furiosa trasmodernidad eslava.

En su universo soldados, trabajadores y artesanos, estilizados al modo de las viejas estampas de la prensa ilustrada, nos trasladan un turbador exotismo onírico cuya capital sentimental sería la Escuela 1 de Beslan (el mito del buen salvaje remezclado al ritmo del morbo que da la psico-mafia terrorista internacional). Eso sí, sin dejar de rebajarlo con decorativismo, no vaya a haber sustos. Si además le añadimos elementos descontextualizados, disrupciones y conexiones aleatorias, ya tenemos preparado nuestro particular Neo-Magritte para recordarnos que, sí, incluso en medio del caos actual, la vida sigue siendo un sueño inquietante.
Sin embrago, algo falla en todo esto. Porque la pintura de Rauch tiene mucho de amable recordatorio, una palmadita en la espalda del espectador al que parece querer decir: "efectivamente, amigo mío, seguimos teniendo en nuestro seno un inquietante universo onírico, aleatorio y críptico. No hay nada de qué preocuparse". Y para confirmarlo, nos ofrece estas estampas reunidas más cercanas a una colección de cromos modernos en torno a la vida interior hoy que a una bajada a los abismos de las correspondencias ocultas y los significados enterrados en las catacumbas de la psique.
Pop surreal templado a base de ironía, humor y gestos de complicidad para con el aficionado al arte moderno que convierten a Neo Rauch (como a CocoRosie, como a Antony & the Johnsons) en el perfecto producto de un mundo estéticamente avanzado. Dinámico, multirreferencial, cuidadoso en su elaboración de la obra y visualmente sugestivo, los ingredientes están primorosamente seleccionados y administrados en las proporciones exactas. Salvo en lo que respecta al riesgo, donde Rauch extrema las precauciones para que la mezcla final no pierda la simpatía que sólo genera el manierismo que se administra en dósis correctas.
Así, su exposición en el Centro de Arte Moderno de Málaga (primera en España), acontecimiento celebrado, visitado y comentado, se convierte en un decorado por el que transitar mientras los paisajes oníricos del alemán ofrecen un telón moderno, idóneo para estimular la reflexión ligera.
Un paseo tan agradable e inofensivo como el papel que juega Neo Rauch en el mix cultural de hoy: el último de los pintores alemanes internacionales, sujeto paciente de un zeitgeist del que una casta de artesanos, hábiles e inconscientes, nos envían en cápsulas vitaminas visuales para consolarnos de los insomnios propios de la era del vacío.

11 septiembre 2005

Todos mis amigos han muerto



Fín de semana redondo en Antequera. Inauguración de la exposición colectiva Todos mis amigos han muerto, en la que tanto ha trabajado Cuni Hernández en los útimos meses. Al final, el clima de amistad entre los artistas (empanados y simpáticos), visitas a los dólmenes, declaraciones a los medios regionales, conversaciones elevadas y charlas jalonadas de chistes y slapsticks artísticos y algún que otro momento donde hemos podido apreciar los múltiples matices y peculiaridades de la vida interior antequerana, han superado las expectativas creadas por todos. Como recuerdo virtual, valga el texto redactado para la ocasión...
Uno de los factores que contribuyen a hacer más inhóspito el mundo actual es la certeza de no se puede mirar para otro lado siempre, aunque las buenas maneras parezcan exigirlo. Por ello, la habitualmente optimista clase dirigente está empezando a buscar nuevos consuelos, tal vez menos inmediatos pero más intensos, que respondan a la progresiva desaparición de contenidos y a la falta de valor añadido en los procesos de obtención del tan (súbitamente) ansiado desarrollo interior. Aquel sueño leve que implicaba perversiones absolutamente seguras empieza a no ser suficiente para mantenerse vivo con unos parámetros aceptables de calidad; empieza a existir un anhelo irrefrenable de querer sanar los moratones espirituales que se escondían bajo las blusas de Prada. Al regreso del riesgo geopolítico lo acompaña la búsqueda de esa espiritualidad amable que sólo el arte puede brindar. Nigella Lawson y Charles Saatchi, obsesivos árbitros del alma financiera, han marcado el camino: metafísica y arte salpimentados de humanidad.
Sin embargo, se equivoca quien piense que se trata de dar otra vez al artista un cheque en blanco (figura bancaria y moral en desuso) para que ofrezca saltos desde el trapecio. Ya no se repetirán viejos errores, esta vez deberá ofrecer una experiencia culturalmente elevada, obviamente, pero no se hablará de determinadas cosas. Se celebrará que en las Bienales y las Ferias vuelva la pintura, lo figurativo, la poesía lábil y los ensueños magicistas. Eso sí, se dispondrá todo para que nadie incomode al espectador sensible, para que no se cuestione su papel. No volverá a haber escenas. No se sufrirá de nuevo la pornografía de lo que se lee entre líneas.
No obstante, existen todavía zonas suburbanas en las que no se ha avanza tan rápido en la regulación de los intercambios entre sueño y vigilia. Existen barrios en los que los planos no están fijos, periferias de geografía variable donde todavía se pueden encontrar artistas que no acaban de poder dormir entre los bártulos y las barahúndas de sus estudios. En aquellos territorios no reglados, los artistas todavía hablan en sueños con sus obras y existen obras que aparecen en el momento en el que las noches se quedan sin líquido. Obras que se travisten de artefactos de conocimiento, que fingen estructurar la comprensión del mundo pero que, a la hora de la verdad, se permiten el lujo de revelar su trampa.
Y la trampa consiste en que, antes de que nadie se pueda dar cuenta, las formas cambiarán de posición y la obra aparecerá atrapada, sólida, en un lugar desde el que nadie puede saber si pregunta o si responde. Se trata de obras que cobran una densidad propia y reclaman su propio espacio, obras invasoras que acumulan a partes iguales el peso de las respuestas sin pregunta y de las preguntas sin respuesta. Ya no se debe hablar, en consecuencia, de estilos y maneras sino de obras con la capacidad de aparecer cuando no se las llama. Es esta capacidad la que se intenta eludir a toda costa en la actualidad; se intentan minimizar los efectos de estos objetos artísticos que se convidan ellos mismos ante nuestra mirada, que se imponen tanto al artista como a los espectadores. Lo que preocupa de ellas es que son obras que no se pueden enmarcar en estrategias de control ya que deciden ellas mismas lo que dicen y lo que callan, que exponen en la misma medida que ocultan. Que restituyen la inquietud y la ambigüedad y sirven para borrar el perfil de todo lo que desconocemos.
A fin de cuentas el trabajo artístico no es más que empezar a reconstruir las cosas que no se han perdido, traer el mundo a la luz y aprehender los objetos que constituyen su límite para poder esconderlos de nuevo. La complejidad del trabajo artístico reside precisamente en esta tarea de imaginar un secreto, restituirlo como amalgama de la obra, dotarlo de corporeidad y acto seguido olvidarlo para volver a preguntar a la obra qué es lo que esconde.
Una tarea que se desarrolla en un territorio que, pese a haber sido imaginado por el artista, a partir de un determinado momento empieza a moverse sólo. Un territorio en el que el hecho de que las fronteras se borren puede llegar a ser anecdótico, cuando de lo que se debe hablar en realidad es de la desaparición del artista, revocado por los propios terrenos incógnitos que ha imaginado. Por eso, en estos barrios periféricos de la experiencia artística hace calor y no hay amigos que valgan, porque cada día que se abre la puerta del estudio se afronta una nueva situación, no se acumula conocimiento y cuanto más se avanza menos se sabe. Y hay más preguntas incómodas que respuestas poco tranquilizadoras; y por las noches los sueños pueden llegar a tomar cuerpo y, aunque no hay duda acerca de la materia de la que están hechos, en ocasiones puede desdibujarse la certeza de que nos pertenezcan realmente. Es cierto, ya no se puede mirar hacia otro lado. A pesar de lo cual, todavía hay quien trata de ignorar la cercanía con aquellas fronteras donde impera la dinámica difusa de la destrucción ficticia. Así,mientras las parejas de ejecutivos renuncian a sus viejos tony ouslers en favor de la custodia de sus hijos, las nuevas espiritualidades imperantes tratan de evitar cualquier tipo de contacto con esas otras estéticas en las que aparecen más puntos de fuga que de encuentro.
Sin embargo, no se puede obviar el hecho de que a veces son esos puntos de fuga los que guían hacia aquellos lugares donde las obsesiones y las pesadillas no ofrecen nada a cambio. Ni que esos son, precisamente, los terrenos idóneos para gestar nuevos conocimientos y nuevas materias imaginantes. Materias que, a largo plazo, pueden servir para construir los (tal vez últimos) refugios de una época marcada por la popularización de la destrucción masiva y por las salvaciones del alma recetadas en cheques nominativos.

Follow the leader, leader...

La desaparición de la historia del rock de la conciencia popular empieza a ser ya un hecho. El que en una ciudad tan tradicionalmente rockera como Madrid la visita de la mitad de Suicide no sea capaz de convocar apenas un centenar y medio de personas da que pensar. Así las cosas, Martin Rev tuvo la ocasión de hacer su número ante un público formado por siniestros, modernos de los de siempre, personas del underground capitalino y por aquellos que nos apuntamos a un bombardeo. Lo triste es que, al final, todo se redujo a un espectáculo en el que el historicismo tecno se alternaba con pasajes de house prehistórico mientras Rev hacía de viejo technohead y los más militantes bailaban el robot al rítmo que el demiurgo mecánico, trasmutado en simple feriante, marcaba con sus sintetizadores.
La leyenda de Martin Rev y Suicide es posiblemente uno de los mitos fundacionales del rock de todos los tiempos; junto con el de Alan Vega, la sola mencion de su nombre hace evocar teritorios mentales tan transitados en sueños como el NY del '77 o el CBGB. Forman parte de aquello que Momus denomina "nuestros abuelos vanguardistas", es decir parte del acerbo de esa narración, en cierta medida homérica, que es la leyenda fundacional del underground musical. Y, en consecuncia, ancestros espirituales nuestros y parte de esa fantasía que es la cultura juvenil, en la que los trabajos subterráneos fructifican en extrañas a la par que fascinantes obras capaces de inquietar e irritar al establishment.
El problema empieza cuando ya no queda juventud intrigada por esa herencia cultural y, en su lugar, esta narración mítica del rock empieza a correr de manos de cincuentones y sexagenarios a oídos de treintañeros y cuarentones. Unos y otros se ponen sus mejores palmitos, faltaría más, para acudir a bailar al rítmo de las machaconas secuencias de la máquina. Incluso, algunos se pintan la raya de ojos y desempolvan el pantalón de vinilo. Mientras el artista, en este caso Rev, cumple con más o menos fortuna con el papel de su vida intentando parecerse tanto a sí mismo con treinta años menos que el resultado no deja de ser sospechoso.
En eso se ha resuelto la aparición de Martin Rev en Madrid esta noche. En cinco o seis temas que iban variando desde un disco inferno repetitivo y minimal, hasta un primigenio rítmo industrial (baila la máquina) desembocando en ocasiones en pasajes que le acercaban al tecno más moderno. Con un Rev fingiendo estar espídico, golpeando su teclado, haciendo posturas de amo de los electrodomésticos o de científico loco (metrópolis meets KORG) y luciendo unas gafas gigantes. Todo como era de esperar.
Y entre unas cosas y otras, esos gestos que delatan que la realidad está a la vuelta de la esquina: Martin alzando las gafotas para ver el botón, soplidos de cansancio o la suplicante mirada ("chicos, ya no puedo más") con que anunció, entre quejas del respetable, que él se iba a la cama. Algo que al final le deja a uno pensando en lo difícil que debe ser hacer el mismo papel una y otra vez, de club en club, para no defraudar la imagen de un pasado sobre el que se sustenta la concepción estética de varias generaciones.
Ya puestos en estas, la pregunta, que cabe hacerse, tras los dos últimos conciertos (CocoRosie y Martin Rev) es la de qué espacio queda entre el agotado show de la vieja vanguardia cuyo público reverencia como histórica y la acepta en su papel de pieza de museo o baile de casino y una juventud para la que el pop no es más que una pieza más en una varadísima propuesta de consumo cultural continuo. Y no la más importante, por cierto. Una juventud a la que, desconocedora de esa historia mítica del rock, le basta un producto fashion, de consumo rápido pero con pretensiones elevadas, de estética sensiblera y aún así outsider, un producto en en suma capaz de ofrecer excepcionalidad y rareza en dosis que no colisionen con el gusto general.
Ante esto, qué gusto si Rev hubiese alzado pleno de vigor y frescura su macarrerío robótico, su reiteración en mascullar los clichés rock entre drones y bases taladrantes (oh, baby, baby, c'mon). En resumen si hubiese sido capaz de saltarse el papel de "abuelo vanguardista" y hubiese lanzado un tecno-improperio despótico que nos hubiese hecho bailar en una totalitarian-disco al rítmo impuesto por el líder. Desafortunadamente, todo se ha quedado en una digna escenificación de determinado episodio cultural que tuvo lugar a finales de los 70 y que fue importante para que la gente joven pudiese mandar a hace puñetas a los viejos... pero esta vez representado por un viejo para la mediana edad.
Todo antecedido de unos Caballitos de Düsserdorlf, esto es Olaf, Murky Mancuso y sus señoras, a los que el número de comuna vanguardista se les ha quedado antiguo y hace ya tiempo que en su show de doo rags faltan canciones, gracia y actitud para dejar de parecer un timo. Por si las moscas lo mejor es resignarse a verles hacer siempre el mismo paripé (de Lavapiés a Malasaña y vuelta) y no llevarse más disgustos que los necesarios.
Martin Rev tocó en la sala El Sol la noche del 10 de septiembre

10 septiembre 2005

Un paseo frustrado por la casa del misterio

Con las incomodidades características de las presentaciones en directo en la capital del reino, CocoRosie han aparecido por fín en Madrid (en una sala El Sol que estaba hasta la bandera). Y resulta que ni son tan buenas, ni tan majas, ni tan guapas; el público, eso sí, ha estado tan encantado con su art-folk ensemble de a dos que ha terminado sentado en el suelo, disfrutando en actitud camp-fire, las evocaciones sonoras y los bucles de videocreaciones de las hermanas Casady.
Los que conocíamos los dos LPs que tienen publicados, hemos podido descubrir que la propuesta sonora de CocoRosie experimenta curiosas mutaciones al ser trasvada al directo y sus aciertos fonográficos se convierten en paradójicas debilidades; mientras otros pasajes, que en disco quedaban en el aire, cobran nueva luz bajo los focos y sobre las tablas. Sin embargo, la capacidad de evocación de determinadas canciones y el aire de juego del escondite que les daba estar apenas esbozadas, se ha trasmutado, por momentos, en una soporífera pesadez poco sugestiva. También se ha podido ver que musicalmente no dan para mucho más que la hora y media que han estado con nosotros. Se podía imaginar, pero es molesto ver cómo cada vez es más frecuente que los nuevos arte-factos modernos, cerrados en banda en sus propuestas de opereta, renuncien a la tradicional frescura de aquello que se conoció a finales del siglo pasado como conciertos de música pop.
Por otra parte, máscaras de pierrot, video-performances en torno a la idea del travestismo, las calavera y los animales, las identidades duales y las penumbras de universos infantiles que se quieren próximos a nunca jamás, han cobrado presencia escénica pero no han sido dotados en ningún momento de vida por las dos aprendizas de brujas. Ese misterio perverso y esos paseos oníricos por las tramoyas del teatro de títeres son más forma que fondo en el discurso escénico de CocoRosie. Una pena porque, al final, una propuesta que podría ser verdaderamente interesante (complejos, sensibilidades nocturnales y sombras chinescas del eterno femenino) se queda en unas canciones bonitas y originales facturadas por dos chicas de hoy en día con habilidad e inquietud artística.
A pesar de lo cual hemos visto un buen concierto. En primer lugar porque las hermanas se lo traen muy preparado todo de casa: un arpa, juguetes y cachivaches, se saben las canciones y se turnan con habilidad en ser el centro de atencíón (además de tener sus dos roles simplificados y definidos perfectamente: la que canta ópera y la moderna), los vídeo cut-ups están a la altura artie y, sobre todo, las canciones aguantan el tipo e incluso ganan. Hay que decir, eso sí, que El Sol se ha quedado pequeño e incómodo para un concierto que mercía haberse visto sentado,a lo mejor en el patio de La Casa Encendida.
En segundo lugar, gracias a un espontáneo que ha gritado a la mitad del concierto "¡si nos sentamos lo vemos todos, compañeros!" se ha producido una general sentada pseudo-hippie que ha permitido que todos los presentes pudiesemos ver el escenario; además, ha dado ambiente y ha puesto el detalle underground esperado por los medios generalistas (no hay que decir que los fotógrafos de prensa han aprovechado su photo-opportunity para sacar la instantánea del momento moderno).
Por último, ha estado bien porque como es habitual, y ya cantasen LCD Sound System en Losing My Edge, estos chicos de los neo-hypes, están tan preparados que, por muy rápido que los enterados gritemos "un, dos, tres... al escondite inglés", no les pillamos en un renuncio. Lo cual no es tan estimulante como se puede pensar, ya que en el fondo lo que se nos escamotea es la excitación que sólo ofrecen las sensaciones imperfectas en aras de una correctísima música actual.
Porque del concierto de esta noche se puede decir, sobre todo, que ha sido como subir a abrir los baúles de la buhardilla y encontrarse con libros de hacer palotes escondidos el día antes por el maestro en lugar de caballitos de cartón tuertos, polichinelas feísimos y pañuelos de advina gitana. Y eso tampoco es.
Y mañana Martín Rev en la misma sala. Ya veremos si podemos hablar de contraste al encarar a un músico de los albores de la "era moderna" del rock con estos castillos de naipes que nos ofrece la actualidad.

08 septiembre 2005

Por otra abstracción más surtida

Qué curiosa es la escena del arte en Madrid. Quien la frecuenta como se frecuenta a un viejo conocido (de manera intermintente, buscando lo agradable y con la distancia traquilizadora que da no tener que gozar de sus engañosos favores), no puede evitar que le suene a eterno retorno el desfile de esa pléyade de coleccionistas de jóvenes artistas, señoras de millonarios acompañadas siempre de sus hijas y artistas de la cláse media intentando explicar que en ese momento no les conviene tener galería ni exposiciones a la vista mientras se quejan por los gastos de envío de la obra a los concursos regionales. Y por supuesto, los arribistas y las inauguraciones de los miércoles repitiéndose década a década de manera inexorable. Y otras abstracciones posibles y la vuelta de la pintura...


A grandes rasgos, éste ha sido el leit motiv de la inauguración de la exposición colectiva "Abstracción Impura" impulsada y recopilada por César Delgado, seguidor de Luis Gordillo y pintor de dudosa vocación de actualidad y aún más dudosas pretensiones de superación de la post-modernidad. Hace unos meses, Delgado ya intentó comisariar un proyecto conjunto de artistas españoles y australianos; proyecto que debió caer en saco roto pues en esta ocasión nos presenta a artistas nacionales (jóvenes acólitos) y colombianos (exotismo, alteridad y pretensiones ultramarinas). Total, para arroparse y dar sensación de que esto se mueve y nos movemos todos lo mismo dan las antípodas que el altiplano.
Como puede esperar cualquier persona versada en estas lides, tras tan pretencioso título la exposición reúne, careciendo de tema, visión común o universo pictórico aproximado y/o similitudes en la actitud hacia la tarea creadora, un variopinto surtido de pintura abstracta (de lo pop a lo ciber, pasando por el forzoso revival del expresionismo) con no demasiado que decir y bastantes dosis de vacuidad mal administrada. En un ejercicio manierista, Delgado, se escuda en la abstracción y en una supuesta impureza (curioso, cuando muchos cuadros se podían enmarcar en esa tendencia pictórica amable que tan bien cojunta en los editoriales de decoración), para intentar vender su versión de la vuelta de la pintura. Y en esta versión la pintura se vuelve a levantar, sí, pero como un boxeador sonado que lanza mamporros a diestro y siniestro con la esperanza de que alguno caiga sobre el contrario. Y algún mamporro acierta el blanco, que es lo importante a estas alturas: puntitos rojos y exposición individual del factotum el próximo octubre.
Así, ante los ojos del espectador aparecen cuadros y cuadros que no le dicen nada de su vida; eso sí, en simpáticos colores pastel. Mientras tanto, parte de los coleccionistas, pintores y señoras dicen de los colombianos "claro, ellos todavía no han asimilado muchas de las cosas que nosotros sí..." en un tono meloso y autocomplaciente por haber ayudado a hermanos menos avanzados a saltar el charco. En fín, esos comentarios que hacen los artistas actuales que han superado tanto la dialéctica histórica y el decimonónico odio al burgués que empiezan a parecer patronos y capataces organizando una diversión avanzada para los amos de mundo (ahí está Jorge Galindo con sus asalariados que le pintan las partes de los cuadros que él no sabe, reivindicando la dirección de obra como verdadera esencia de la creación).
Una pena, porque así está claro que el arte no va a encontrar nunca una identidad tan necesaria como deseable. Además, por mucho que algunos se apunten al lema este de "otra abstracción es posible" los modernos seguirán abonados (y con razón a tenor de lo visto) a la video-creación que es más pintona. Y luego están aquellos otros que, aceptando el reto de "banalizarse y morir" lanzado por nuestro sistema de consumo cultural permanente, pasarán olímpicamente de esta expo y se dará una vuelta por la tiendas de Claudio Coello (la misma calle donde está ubicada la galería) para ver los modelitos de Alexader McQueen, Galliano y los escaparates de Hackett y refexionar acerca de cuáles son los subsectores del capitalismo cultural que acumulan la mayor creatividad, talento y capacidad de provocación.
Lo que está claro es que, si algún día hace falta poner color a la decadencia y lasitud moral de este mercantilismo inmaterial, fantasmagórico y melancólico en que nos ha tocado vivir, cuadros como los aquí reunidos serán tan idóneos como nos es hoy El Columpio de Fragonard para entender la somnolencia hedonista de la idiocia rococó. E igualmente ilustrarán a la perfección el estado moral de un arte más preocupado por "brillar en los gabinetes y los guardarropas en lugar de trabajar para la gloria y la posteridad". Y conste que lo dijo Diderot, no yo.

03 septiembre 2005

Hype, sex, fun... 10 razones para querer pasar un rato con CocoRosie

En estos tiempos en los que los hypes cuentan con tanta calidad como capacidad de obsolescencia (ver a Antony y su combustion espontánea antes de que hayamos podido terminar de escuchar el final de su disco) y que, lejos de producir la ira y hostilidad de antaño, son recibidos con curiosidad para luego ser despedidos con un sentimiento de melancolía, frustración y hastío lo mejor es poner por escrito las razones por la que nos atraen ahora y no tener que dar luego más explicaciones (yo creía que sería, que no era lo que era...)
Ya con las entradas para la presentación de CocoRosie en Madrid en nuestro poder, tranquilo sabiendo que estaremos en la primera cita moderna de la temporada, es el momento de decir por qué el dúo me parece una sensación irrenunciable (para los próximos 15 minutos por lo menos).
Atentos, estos motivos son reversibles y en ellos está la clave del odio y la inquina que les tendremos todos el día de mañana.
1. Consiguen combinar la irreverencia perversa de Bad Dream Fancy Dress con la estudiada inocencia neo-hippie de Devendra Barnhart. Y son tan sospechosas de ser un constructo de marketing cultural de vanguardia como el cándido barbudo. Es decir, morbo, morbo y más morbo e incertidumbre ¿We won't get fooled again?
2. Las voces son enervantes, impostadas, ñoñas, molestas y con un deje de esos ruidos que hacen los niños para sacar de quicio a sus padres, lo cual está muy bien. La instrumentación es todo lo perversa que sería la de Magnetic Fields si Merritt no temiese despertar obvias suspicacias legales.
3. En las fotos dan una imagen de estupro y vanguardia histórica. Es decir, son arties.
4. No son tan guapas, pero parecen listas y eso hace, a su vez, que sean sexys. No nos engañemos, tienen su vicio.
5. Su artwork y su atrezzo (animales, bañeras y cuartos de baño, buhardillas y travestismo) pintan una estampa de ambientes bochornosos y (otra vez) viciados. Como es facilón funciona, pero está bien hecho.
6. Tienen canciones muy buenas y singles para los más in de la neo-crowd de tristi-poppers, indies desarraigados, alternativos y chicos con barba . Además tienen canciones muy malas llenas de efectos y su seguno LP es, directamente, una continuación difusa del primero. Es decir puro hype en vena; es de esperar que sean sólo un suspiro otoñal.
7. Cuando no tienen canciones la cacofonía y el falsete produce un sonido asiniestrado de casa de muñeas, cajita de música, sainete o teatro de marionetas... de nuevo pederastia estética para corazones modernos y amantes de las tinieblas de fiesta pijama.
8. Mezclan a Marc Bolan con Satie banalizandolos a los dos. Sí, lo adivinaron... son iconoclastas (y, posiblemente, nihilistas).
9. La historia de las hermanas que crecen separadas y se juntan en una buhardilla para, con unos cachivaches de hacer ruido reencontrarse espiritualmente y se convierten en la sensación de la prensa musical más vanguardista es una deconstrucción freudana y sáfica del cuento de la Ceninicienta. Al estar contado en un estilo goth-pop y ser tan simple como una historieta de Adrian Tomine, el cuento las hace ganar puntos.
10. Se canta una canción el Antony con ellas, graban para Touch & Go. En definitiva, son modernas.